A inicios del siglo XVII la cantidad de denuncias sobre la presencia de hechiceras en el País Vasco francés provocó que el rey Enrique IV enviara a un cazador de brujas para eliminar el mal. En mayo de 1609 se instaló en el castillo de Sempere el magistrado Pierre de Lancre, dotado de plenos poderes para erradicar los sabbats, las misas negras, la licantropía y el dominio de Satanás sobre la región.
A lo largo de la historia se ha demostrado que la religión resulta insuficiente para responder a la complejidad de los sentimientos y necesidades humanas. Cuando las plegarias no logran la curación del ser amado, cuando no es lícito rezar a Dios para que extermine a los adversarios o nos favorezca en un amor culpable, muchos ponen sus esperanzas en la magia. De ahí el recurso en secreto a magos y brujos. Y también a Satanás, los diablos y todas las supuestas fuerzas del mal.
En la Edad Antigua se pensaba que brujas y magos obtenían sus poderes de la Naturaleza o de los santos. Según avanzaba la Edad Media y la Iglesia se convertía en el único intermediario válido entre el ser humano y el Más Allá, comenzaron a tomarlos del Demonio. Las razones de este cambio son varias. En el plano teológico, la difusión de las doctrinas dualistas cátaras extendió la idea de la presencia terrena del mal. Desde un punto de vista social la magia se feminizó. Aunque la creencia de que ciertas mujeres, en especial las comadronas y curanderas, usaban pócimas para curar y matar fue expuesta ya por Platón, durante la Edad Antigua y la Edad Media la función mágica había sido compartida con los hombres. Cuando se convirtió en una actividad femenina también se transformó en algo ilícito y punible. El proceso de reglamentación de una sociedad cada vez más compleja también jugó su papel. A finales de la Edad Media los requisitos para la concesión de licencias médicas cercenaron las actividades de la mujer en esta labor, mientras que una Iglesia misógina monopolizaba el plano espiritual.
En un contexto de hambrunas y escasez tras tres siglos de expansión, los europeos se fueron haciendo cada vez más intolerantes, con su comportamiento regido por un inconsciente paranoico e irracional. Se perseguía a las mujeres y a las minorías. Se perseguía a los judíos, a los gitanos, a los leprosos… Se consideraba la lepra como una enfermedad del alma, causada por la corrupción moral y el pecado, un indicativo del mal. El carácter de la represión también cambió. Si durante siglos la brujería se había tolerado o se penó con simples multas – lo que en realidad sólo suponía aplicar un tipo impositivo a una actividad económica – pasó a considerarse una herejía castigada con la muerte. Tras quemar a albiguenses y cátaros, tocaba llevar a la hoguera a las brujas.
Esta obsesión demoníaca tuvo su mejor sanción en una bula de 1484 del papa Inocencio VIII: Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres. Inocencio VIII encomendó a los monjes Kramer y Spren
ger que escribiesen un manual para descubrir, juzgar y ejecutar a los culpables. El “Martillo de brujas” se editó en 1486. Como se tuvo la astucia de decretar la expropiación de bienes de los procesados, la persecución podía constituir incluso un buen negocio. En materia de brujas los protestantes dieron la razón al Papa durante los siglos XVI y XVII. Fue el jurista y filósofo francés Jean Bodin quien en 1580 terminó de perfilar los aspectos legales de la persecución. En su obra “Demonomaniae” formuló así la definición de la bruja: Quien, conociendo la ley de Dios, trata de hacer algo mediante un pacto con el diablo.
El momento álgido de la persecución fue la primera mitad del siglo XVII. Algunos autores calculan en más de 60.000 las sentencias de muerte ejecutadas durante este período, si bien parece que la cifra debe corregirse a la baja. Gran parte de los procesos se produjeron en las regiones fronterizas de Francia en 1609, 1628-30 y 1657-59. No era el Santo Oficio el encargado de los procesos – en Francia el Gran Inquisidor tenía sobre todo funciones honoríficas – sino la Universidad de París y los parlamentos, tribunales regionales. De la caza de brujas en Laburdi en 1609 disponemos de un testimonio excepcional, el relato de su ejecutor, Pierre de Lancre.
Una región peculiar
El Laburdi, cuyos principales núcleos eran los puertos de San Juan de Luz y Bayona, había pertenecido largos siglos a la monarquía inglesa, lo mismo que Zuberoa, otra región vasca del interior. Entre ambas se ubicaba la Baja Navarra, merindad del reino de Navarra al norte del Pirineo. Entre 1449 y 1451 tanto Laburdi como Zuberoa pasaron al reino de Francia mediante una convención por la que la Corona aceptó respetar sus Fueros, algo recortados. La monarquía gala, reconociendo la desventaja de la vecindad con un reino potencialmente enemigo como Castilla, aceptó que los habitantes portasen armas, mantuviesen sus privilegios comerciales y que los vecinos de cada parroquia pudiesen reunirse libremente para tratar de sus necesidades. Estas ventajas no convertían a la región en una Arca
dia feliz. Los habitantes no pasaban de 30.000 y el país estaba aislado por tierra: hasta 1789 no se creó un servicio regular de diligencia con Burdeos.
Durante el siglo XVI las guerras fueron frecuentes en Laburdi y Baja Navarra. En septiembre de 1512 las tropas del duque de Alba ocuparon el reino de Navarra, incluida la parte al norte de los Pirineos. Sus depuestos reyes, también vizcondes del Bearn, pasaron a residir en Pau. Tras nueve años las guarniciones castellanas se retiraron al sur del Pirineo, aunque la tensión continuó en la frontera hasta la firma del tratado de Vervins en 1598, por el que ambas coronas aceptaban los límites fronterizos. La paz internacional posibilitaba conseguir la paz interior, eliminando a los heterodoxos.
Antecedentes brujeriles
En la Baja Navarra la brujería presentaba gran raigambre y además había repuntado durante las guerras de religión. Los primeros casos conocidos databan del siglo XIV, cuando se comenzó a perseguir a las llamadas herboleras o faytilleras, acusadas de asesinar mediante venenos. En 1329 el lugarteniente de Labastida, apoyado por una partida de 17 hombres, emboscó a Juana la leprosa, a la que quemó junto con otras 4 mujeres. Hay nuevas ejecuciones en la hoguera en 1330, 1338, 1342, 1349 y 1370. En algunos casos los acusados fueron nobles, procesados por asesinato y licantropía. También hubo juicios contra un linaje de leprosos, los agotes, cuya enfermedad infame se transmitía de generación en generación. A partir de 1450 las acusaciones ya no hacen hincapié en el asesinato, sino en el culto al demonio.
A lo largo del siglo XVI los valles bajonavarros protestaron ante los Estados Generales del Bearn porque el país estaba invadido de brujas y echadores de suerte y exigían que cada valle pudiera elegir a dos hombres buenos para perseguir a los hechiceros. Los gastos correrían a costa de los encausados o de un nuevo impuesto. El provincial de Aquitania envió dos jesuitas vascos para pedir mesura y clemencia, pero su gestión resultó infructuosa.
En Laburdi la caza de brujas se inició más tardíamente, pero desde 1576 hubo procesos y duras sentencias. El orden público estaba bastante alterado y se utilizaba la violencia para resolver las disputas al margen de la vía legal. Las banderías nobiliarias ensangrentaban el país y en ellas la acusación de brujería resultaba habitual. Los rumores sobre la frenética actividad brujeril traspasaban la frontera. En 1607 la pérdida de la armada de Antonio de Oquendo frente a la costa de Laburdi, con 800 muertos, se atribuyó a las maléficas de la región. Las Juntas Generales de Guipúzcoa tomaron medidas para evitar el contagio y prohibieron bajo castigo de 100 azotes que los pobres cruzasen la frontera.
Pierre de Lancre, cazador de brujas
Pierre de Lancre nació en Burdeos en 1553, en el seno de una familia oriunda de la Baja Navarra. Su abuelo, Bernardo de Rosteguy, era un viticultor que había emigrado en 1510 a la región de la Gironda. Su padre compró el cargo de notario y pasó a ser “señor de Lancre”. Pierre estudió con los jesuitas, doctorándose en derecho en 1576 y completó su formación jurídico-teológica en Turín y en Bohemia. Gracias a su c
onocimiento del italiano fue nombrado tutor de Pedro de Médicis, lo que le dio acceso a la Corte. En 1582 le nombraron consejero del Parlamento de Burdeos
Esta brillante carrera no implicaba una inteligencia brillante. Lancre era un fanático obtuso, incapaz de toda autocrítica, para quien cualquier heterodoxia constituía un punible atentado al orden social. Incluso consideraba un gran delito dudar de la existencia de las brujas. Su origen vasco no implicaba ninguna simpatía hacia los habitantes de la región. Al contrario, como noble de toga, urbano y comercial, funcionario del estado, detestaba el mundo rural y marinero de Laburdi. A su familia los títulos le habían costado dinero y no compartía que aquellos labortanos se llamasen señoras y señores de tal casa, cuando tales casas, en realidad, no son otra cosa que pocilgas. Detestaba sobre todo sus costumbres más libres, destinadas a desaparecer en una época en que el estado y la Iglesia Católica se consolidaban. La forma de vestir, las danzas… le parecían fruto de la influencia demoníaca. Su misma vida cotidiana, con unos hombres que pasaban gran parte del año en las pesquerías de Terranova y del Canadá, regresando en invierno para malgastar el dinero ganado y volver a la mar para la campaña siguiente, le infundía sospechas. ¿A qué se dedicaban mientras tanto sus mujeres?
En mayo de 1609 Enrique IV envió a este hombre al Laburdi para aclarar la verdad en las acusaciones de brujería.
El trasfondo del proceso
A diferencia de otros casos, se conoce bien el trasfondo real del proceso por una relación de 1610 del obispo de Pamplona, a quien los espías católicos de la región mantenían bien informado. Tristán de Urtubia, un señor feudal con castillo a tres kilómetros de San Juan de Luz, mantenía un enfrentamiento comercial con las autoridades municipales por el uso de un puente y del puerto. Como también poseía solares al sur de la frontera – su linaje era originario de Vera del Bidasoa – la Corte francesa le dejaba hacer, temerosa de que apoyase las reivindicaciones de los Austrias sobre la Baja Navarra. En 1605, diecisiete miembros del clan Urtubia fueron apresados por las autoridades de San Juan de Luz. El municipio los acusó de brujería y pidió al parlamento de Burdeos que enviase una comisión para investigar sus crímenes. Esta comisión liberó bajo fianza a cinco y encerró a doce en Burdeos. Los Urtubia se vengaron apaleando a las dos videntes que habían realizado las acusaciones. Las videntes a su vez denunciaron que sus agresores les habían
obligado a beber una pócima mágica. El 24 de junio de 1607 una docena de caballeros embozados del clan Urtubia irrumpieron en San Juan de Luz, hiriendo a varios vecinos. Al día siguiente se produjo una batalla campal entre la clientela de los Urtubia y los favorables a las autoridades municipales.
A inicios de 1609 fue Tristán de Urtubia quien esgrimió la acusación de brujería. Torturó a un par de ancianas para que le proporcionasen una primera lista de endemoniados y requirió al monarca que enviase una comisión para acabar con el problema. El rey Enrique IV probablemente conocía la realidad pues anteriormente había sido monarca de la Baja Navarra. En asuntos de religión era bastante frío – el papa Sixto V lo había excomulgado años atrás – pero, como buen político, sabía que los procesos judiciales aumentaban la sumisión al poder. Encomendó la misión al consejero real Espaignet y a un miembro del parlamento de Burdeos, Pierre de Lancre. Les proveyó de plenos poderes. Toda oposición a sus pesquisas y actuaciones sería considerada un acto de rebeldía.
La caza
Ambos consejeros llegaron en mayo de 1609, aunque Espaignet se retiró a las pocas semanas. De Lancre se estableció en San Juan de Luz y durante cuatro meses se dedicó a descubrir y eliminar a los brujos. Con la ayuda de algunas muchachas, especialmente la vidente Morguy, de 17 años, maravillosamente hábil para descubrir a los brujos por la marca que el demonio estampaba en su cuerpo, logró identificar hasta 3.000. Algunos eran los propios párrocos, especialmente aquellos que bailaban y jugaban a pelota, muestra de su pacto infernal.
Pese a estas hinchadas cifras, Lancre creía que estaba lejos de haber llegado al fondo del asunto, pues se afirmaba que en un gran akelarre celebrado en Hendaya se habían congregado 12.000 brujos. En mayor o menor grado, casi todos los habitantes de la región estaban contaminados. Lancre buscó una explicación seudoracional a esta enorme densidad demoníaca y brujeril. La encontró en que las misiones católicas de las Indias y Japón habían expulsado de allí a los diablos y éstos habían volado hasta Laburdi: Muchos ingleses, escoceses y otros viajeros que vienen a cargar vinos a esta ciudad nos han asegurado haber visto durante su viaje tropas de demonios en forma de hombres espantosos que pasan a Francia. Según Lancre, Satanás contraatacó y envió a tres brujas para asesinarlo cuando se hallaba en el castillo del señor de Amou, pero escapó ileso.
Tras concluir el proceso comenzaba la quema. Aunque frecuentemente se han barajado cifras desorbitadas – algunos historiadores cifraron en 700 las ejecuciones, lo que hubiese supuesto el 2´5% de la población – parece que el número real de ajusticiados estuvo entre 60 y 80. Otros morirían en prisión durante la causa. Los religiosos quemados fluctúan entre tres y siete según las fuentes. Entre ellos el vicario de Ascain quien a sus 75 años acudía, según acusación de sus feligresas, raudo a las orgías. O el párroco de Ciboure, que oficiaba misas negras. Les despojaron de sus hábitos y quemaron en la hoguera. Aún así, Lancre consideraba que las autoridades locales le habían saboteado al permitir la huida de cinco religiosos encarcelados. Los juicios provocaron un enorme pánico, sobre todo porque se rumoreaba que Lancre estaba convencido de que Satanás se había adueñado de la región y con tiempo colgaría o quemaría a todos sus habitantes. Quienes se consideraban en mayor peligro huyeron a España fingiendo peregrinar a Santiago o Montserrat.
Cuando los cinco o seis mil pescadores que faenaban en la campaña de Terranova volvieron a tierra, no daban crédito a lo que encontraron. Muchas de sus esposas e hijas estaban procesadas o a la espera de ser quemadas. Estos marinos estaban avezados en la violencia – simultaneaban la pesca con la piratería y el corsarismo - y, con motivo de la ejecución de Marie Bonne en San Juan de Luz, se rebelaron. El obispo de Bayona, Echauz, aprovechó la coyuntura para escribir al rey solicitando la sustitución de Lancre. El Parlamento de Burdeos lo llamó y éste abandonó rápidamente la región llevándose algunos detenidos. Los jueces que le sustituyeron fueron benevolentes y liberaron a los acusados que habían sobrevivido a las torturas y a las duras condiciones del encierro. Oficialmente no se censuró la actuación de Lancre e incluso fue promocionado: en 1611 lo nombraron consejero real y continuó en el parlamento bordelés hasta 1616. En 1620 el mismo rey le concedió un gran honor al visitarlo en su mansión en Cadillac. Lancre vivió sus últimos años recluido, escribiendo nuevos libros hasta su muerte en 1631
Respecto al Laburdi, se encargó a los jesuitas sacar del terror colectivo a las masas y devolverles la tranquilidad. Objetivo logrado muy lentamente porque el 18 de marzo de 1619 en San Juan de Luz la portuguesa Catherina Fernández escupió la hostia después de comulgar. Aunque juró y perjuró que era cristiana y que la había expulsado por un acceso de tos, al anochecer el populacho la sacó de la sacristía donde estaba detenida y la quemó viva en la plaza pública. Tampoco se arreglaron los desajustes sociales: en agosto de 1612 el señor de Moisset fue retenido por los vecinos de Ustaritz porque no admitían que este noble cazase en sus tierras.
En un próximo artículo analizaremos el tratado de demonología que escribió Pierre de Lancre: Tableau de l´inconstance des mauvais anges et démons où il est amplement traité des sorciers et de la sorcellerie. Obra que junto con “El Martillo de Brujas” de los monjes Kramer y Sprenger y “Demonomaniae” de Jean Bodin constituye la trilogía esencial en materia de pacto diabólico.
Mikel Rodríguez
(Publicado originalmente en el nº366 de Historia 16 (octubre 2006)












Esa transformación del vampiro en un ente biológico supone una ruptura absoluta con todos los paradigmas de la literatura vampírica. De alguna forma, Richard Matheson devuelve al vampiro su verdadero origen (si es cierta la teoría de que la leyenda vampírica se asienta en la porfiria, la rabia y las enfermedades relacionadas con la fotofobia, como el síndrome de “X” frágil) y lo transforma de ese momento en adelante en una criatura puramente biológica. Esa idea, que sortea Anne Rice y que pasan de largo las adaptaciones y transformaciones de Drácula, arraiga con fuerza en la mayor parte de las encarnaciones que tiene la criatura tanto en cine como en otros medios.


