Archive for julio, 2011

Un paseo alrededor de la Ghost Story victoriana

Lunes, julio 25th, 2011

El sustrato histórico y cultural

Víctima de la razón reverdecida, del racionalismo emergente, de la visión práctica y lineal de la existencia, el Romanticismo se ha agostado de forma definitiva. El referente mundial de la época: Gran Bretaña, florece con su imperio en todo su esplendor, y la flor más famosa del jardín es Victoria. La Reina, sí, reina con mayúsculas, la longeva madre que, junto a  los estamentos gobernantes, burguesía y una aristocracia remozada, han sabido llevar al país al podio desde el que se domina buena parte del mundo.

Raciocinio, practicidad, moral, regla y método son sus armas. Son nuevos ideales. Son ideales burgueses, que se cuelan desde las más altas cunas de la sociedad, lo marcan todo, y terminan también por sojuzgar el nuevo arte. La literatura se impregna de aires utilitaristas y académicos, y en el caso que nos concierne, dentro del género fantástico, particularmente en el apartado del terror: la novela gótica languidece víctima de sus propios abusos, patetismo y exageración. El arte por el arte se hace un concepto desfasado, inmoral, podríamos decir. Donde todo tiene su utilidad, todo debe estar sometido a unas estrictas reglas racionales y a una utilidad, ya sea moral o intelectual, el espíritu que anima la creación estética resulta sospechosa. En cierto modo son tiempos oscuros para la creación más pura, tiempos de reconversión, de espera aletargada, a que el péndulo de las costumbres y de los gustos, oscile y genere un nuevo sustrato.

Así sucede:

Pasan los años, y esa exacerbada visión práctica de la existencia se corrompe víctima de su hemiplejia esencial: aquélla que olvida y no tiene en consideración esos otros instintos, esa otra parte del ser humano como totalidad que va más allá de la razón y el intelecto, del sentido común. La emocionalidad no se puede sojuzgar ni olvidar sin pagar las consecuencias. El hombre y la mujer victorianos pusieron sus esperanzas en esa visión sesgada de la realidad —la razón como conductora, la razón como solución y origen, la razón como regidora perfecta de un mundo imperfecto— y por fin comprobaron cuán errada había sido esta confianza ciega. La confianza en la industrialización, en esa nueva cosmovisión. En resumidas cuentas, en el concepto dominante de esa época: el progreso. Esta confianza decae y se paraliza al comprobar que aquello que se buscaba no se obtiene con la facilidad y naturalidad deseadas, es más, se mantiene tan alejado e inalcanzable como antes.

Es el momento del regreso, del renacimiento, de la mutación.

Ya no se acepta la literatura moral, utilitaria, aburrida, encorsetada.El cuento de miedo sale del olvido, la plebe necesita esparcimiento, diversión; el arte como un instrumento de placer estético, tanto intelectual, como emocional, resurge con fuerza.Va a nacer el cuento de fantasmas, la Ghost Story

Historias de fantasmas.

La Ghost Story es hija de su tiempo. La vuelta atrás no era viable. El cuento, la novela gótica, no convencen. Las grandes pasiones, las tragedias sangrientas situadas en lugares exóticos, no colman el ansia de evasión de los lectores y lectoras victorianos: endurecidos y exigentes. Castillos, heroínas, tiranos, blasfemos, secuestros, asesinatos… no surten el efecto adecuado, sólo obtienen risas y mofa. Sin embargo, son ellos y ellas, personas, podríamos decir alienadas por esas convenciones tácitas, por ala exigente y austera moralidad, quienes están ávidos de emociones al albur del hogar y la noche, lectores en busca de esparcimiento y recreación. Obtenemos un heterogéneo conjunto de buscadores de miedo, de esa emoción que turba nuestra paz emocional, que conmueve el equilibrio en aquello que nos resulta conocido y por tanto seguro.

Aunque sea una digresión al tema central de este artículo, ¿qué poder inconsciente tiene esa emoción ingrata y terrible? ¿Qué capacidad de fascinación posee? El escalofrío como estupefaciente y como estimulante, contradicción aparente, conceptos quizá opuestos, pero que en este caso se aglutinan y forman una amalgama adictiva que nos conduce a una catarsis esencial a nosotros mismos.

El hombre y las mujeres victorianos no se pueden sustraer a la ‘utilidad’ intrínseca del arte del terror: congraciarse con la parte tenebrosa de la naturaleza, llenar los huecos más oscuros que la pura razón no es capaz de ocupar… o quizá, desde una visión más psicológica del asunto, esa terapia, esa vacuna que muestra lo más horrible enlatado, sojuzgado por la palabra y la imaginación, vacuna que le permite seguir adelante sin sucumbir mentalmente.

Pero volvamos a lo que nos traía a estas páginas. ¿Qué debe suceder para que el terror, lo oscuro, vuelvan a tomar el lugar prevalerte que tuvieron antaño?

En realidad el enfoque debe cambiar, renovarse.

Uno de los grandes pasos de la Ghost Story en aras de la modernización del cuento, del género literario del terror, es el cambio de perspectiva que se requiere para ‘aterrorizar’ a esta pléyade de nuevos lectores. Puede parecer contradictorio, pero para ello se debe eliminar un importante parte de lo fantástico y exótico que impregna la narración. Las localizaciones lejanas, imaginarias, cargadas de significación simbólica, desparecen. El marco en el que suceden los hechos narrados se populariza, por llamarlo así. El terror se ha de llevar a un lugar donde éste se haga creíble. El lector ha de sumergirse en su ciudad, en sus calles, en las posadas que jalonan los caminos y carreteras, en sus casas. El terror llama a su puerta, podríamos frivolizar. Pero no es tal esta frivolización, esta revolución, pues de una revolución se trata. Esto es esencial para dotar al cuento de terror de la verosimilitud que el carácter práctico adquirido por el lector requiere, para engañarle y confiarle en su suspensión de la incredulidad. Los sucesos acaecen a su lado, la suceden al vecino o la vecina, allá donde nuestra sensación de seguridad alcanza su máximo.

De la misma forma que se produce un cambio de eje en la ambientación, también, y con el mismo objetivo, se sucede una transición drástica en la concepción de los personajes. Ya no asistimos a un desfile de arquetipos, de fenómenos de feria, de fantoches históricos delirantes y ciertamente algo teatrales. No. La víctima y la cohorte de secundarios que la acompañan en el devenir de la historia, son personas normales y corrientes: administrativos, nobles, oficiales del ejército y sirvientes, hombres de negocios, mendigos… el vecino de al lado, nuestro compañero de viaje, y por ende, nosotros mismos. Nadie está a salvo.

Por último, se produce una renovación en la trama y los argumentos en la misma dirección señalada en los dos apuntes anteriores. Hablamos de una mutación hacia lo cotidiano, de una socialización, en su sentido menos despectivo. No sólo se busca  que le lector se sienta reflejado en un personaje, en un paradigma, que le sea conocido y cercano; que se amplifique este efecto mediante el uso de un marco rutinario y habitual. También se busca hacer surgir el estremecimiento tomando como punto de partida las situaciones más normales, las circunstancias del día a día.

Incluso, algunos autores, con el fin de obtener una mayor sensación de familiaridad con el lector, teñían sus obras de un imperceptible sentido irónico, de un cierto resabio humorístico que ayudaban, lo mismo que un poco de sal potencia el sabor de lo dulce, a mantener el suspense, a catalizar la emoción, algo plenamente necesario en aras de un desenlace sorprendente y sobrecogedor.

El objeto de esta nueva parafernalia es, repito, el de tenderle una trampa a la incredulidad del lector. Y como vamos a ver más adelante, en muchos casos tenían el camino expedito, pues incredulidad y superstición, una superstición camuflada en disfraces pseudocientíficos muchas veces, iban cogidas de la mano.

Influencias a tener en cuenta

Ya hemos anotado que la idea de progreso es uno de los referentes históricos que se materializa y consolida en esta época concreta; repito: progreso, positivismo, ciencia. Podríamos afirmar que es entonces cuando surge la figura del científico, del investigador que, armado sólo con las armas de la experiencia, la lógica y su intelecto, se lanza a desvelar los secretos que el universo ha estado ocultando.

Uno de los secretos que más obsesiona la humanidad es el más allá de la muerte. Los difuntos, su destino, su presencia… El enfoque religioso se mantiene, su inercia es demasiado fuerte como para poder ser detenida. Sin embargo pierde su posición de privilegio, su inviolabilidad, y se comienzan a hacer preguntas.

¿Hay algo más allá de la muerte? ¿Si lo hay, existe alguna forma de enfocar su estudio desde el lado contrario a la superstición o la mera creencia? ¿Podemos ser capaces de instrumentalizar con elementos del positivismo, de la lógica, de la ciencia experimental, el Más Allá?

Hay quien dice que sí.

Asistimos al nacimiento del movimiento espiritista: los muertos toman forma, los vivos parecen comunicarse con ellos con una facilidad hasta entonces nunca vista. Hay sesiones en los salones de las familias más importantes; actores, literatos, periodistas, políticos y filósofos se entusiasman con el nuevo juguete. Los ectoplasmas cubren Londres, las voces del mas allá, los golpes en las mesas socavan la flema británica, aunque todo ello teñido con una patina de absoluta sensatez y juicio. El espiritismo en una anécdota que adquiere relevancia en muchos estamentos y grupos sociales y culturales. Se llega a convertir en una moda a seguir y como tal, también ejerce influencia en la mentalidad de la sociedad entera. Digamos que, aún cuando no se era un adepto o creyente de esta nueva pseudociencia, no por ello se estaba a salvo de su influencia inconsciente. Por lo tanto, como estudiosos de aquellos elementos que afectan a la conformación de la literatura de terror, no podemos ser ajenos a la influencia notable que debió ejercer en las mentes creadoras y también en el cerebro de los lectores, empapados en estas doctrinas que dejaban el camino expedito a la necesaria presencia de lo sobrenatural.

(Añadir a esto como anotación puntual, la influencia del pensamiento de Emanuel Swedenborg en la obra de Le Fanu, aunque dicha doctrina naciera tiempo atrás, cargada de un misticismo y espiritualidad racionales).

Los escritores.

Podemos considerar a Joseph Seridan LeFanu, irlandés nacido en 1814, como el primer miembro de este nuevo club literario. Aunque quizá, a pesar de su propia opinión —que decía que tal apelativo se le debía dar a Le Fanu—, el mayor exponente de este tipo de literatura, haya sido Montague Rhodes James, anticuario y erudito nacido en Eton en 1862, cuyos cuentos de fantasmas son considerados los paradigmas del género, aunque para él no resultaran sino meros divertimentos intelectuales y estéticos. Henry James con su Vuelta de Tuerca y Herbert Russell Wakefield son dos de los componentes del grupo de cabeza que todo aficionado al género debe conocer. Bram Stoker, creador de Drácula y el archifamoso Conan Doyle también realizaron sus pinitos con algunos relatos, así como Amelia Ann Blanford Edwards, James Clarence Mangan y Wilkie Collins.

La lista de autores sería interminable, si tenemos en cuenta que muchos escritores que podríamos calificar como fuera del género, consagrados u olvidados, picaron del plato de la Ghost Story, a veces con resultados muy por encima de la media de los llamados especialistas. Y además, existe toda una pléyade de honrosos desconocidos, de autores que jamás consiguieron la fama, pero que nos dejaron joyas únicas —no puedo, en este caso concreto, recomendar la lectura de Cuentos Únicos, de la editorial Reino de Redonda, recogidos por Javier Marías, homenaje honroso y merecido a esos olvidados.

Conclusión

Podemos decir que este estilo de género es la antesala que, junto a la obra de Edgar Alan Poe, Arthur Machen, Algernon Blackwood y H. P. Lovecraft , nos van a llevar al moderno cuento de terror.Quizá abandonado, debido a una tácita valoración algo despectiva que en la actualidad lo subestima por su carácter facilón y poco creíble. No se puede negar que su influencia está ahí. La Ghost Story abrió en su tiempo las puertas a una nueva forma de encarar el cuento sobrenatural, a la modernización que se hacía necesaria para la supervivencia dinámica del género, a una relación reconsiderada entre el lector y la historia que acercara ésta a la intimidad de aquél. Muchos de los cuentos contemporáneos, quieran o no, beben de los mecanismos que en la época se crearon, en el modo de influenciar al lector y manejar las situaciones.Y sobre todo, no debemos olvidar que la Ghost Story popularizó el género terrorífico y sobrenatural, abriendo camino a esa nueva hornada de lectores y aficionados, devolviendo la confianza a editores y autores futuros, evitando un olvido inmerecido.

José Mª Tamparillas
para el nº2 de la revista “Cthulhu”, 2007


La mente, al alma y el terror: un breve panfleto

Viernes, julio 22nd, 2011

Introducción

Alma, mente, espíritu, consciente, inconsciente, conciencia… conceptos transcendentes, de límites imprecisos, lugar abonado para el juego del fantástico y el miedo. El terror hurga en las fronteras, en los límites; saca partido de la confusión; lo indeterminado o indefinido son terreno abonado para el surgimiento de creaciones cuyo objetivo es estremecer o conmover las cuerdas que mantienen tenso nuestro equilibrio emocional.

Como bien sabemos, aún hoy el mundo de la mente es una gran incógnita. Ya sea mediante un acercamiento psicológico o fisiológico, todavía queda un universo por descubrir, siendo los interrogantes superiores en número a las respuestas. Al conocimiento preciso se opone un espectro de teorías, de experimentos, de interpretaciones, que no logran darnos una visión holística y clara del conjunto, sino una serie de perspectivas e interpretaciones individuales, fuertemente sesgadas, objeto de polémica, sujetas a un continuo devenir.

Y claro, si dejamos de lado  el método científico y entramos en el universo de la religión o el de la filosofía, todavía emborronamos más el papel, ya no solamente si nos referimos a un aspecto ético o mortal, sino, por ejemplo, el más simple de la teoría del conocimiento, la relación de nuestra mente y la realidad que nos rodea.

Así pues, la literatura, el cine, la creación en general y en particular aquella que lleva colgado el marchamo de lo terrorífico, encuentra en este galimatías, en este pozo oscuro un fértil semillero de ideas a desarrollar.

En este artículo desarrollaremos un simple ejercicio de diletantismo, es decir un acercamiento personal y limitado que despierte en el lector la curiosidad que todo buen merodeador de la cultura del terror debe poseer. Y digo limitado por el simple hecho de que a toda creación se le puede evaluar y estudiar tomando como referente algunos de los términos y conceptos relacionados con este universo. Así que este autor, desde su humildad e ignorancia se detendrá en ideas, títulos y autores completamente subjetivos, no sin invitar a quien lea estas letras a que realice el ejercicio de extender la visión más allá, hacia su propia biografía cultural, gustos e inclinaciones.

Egipto, Centroeuropa, el Cristianismo.

Antes de que ningún ser humano descubriera el arte de fabular por placer, la esfera de lo divino ocupaba todos los ámbitos de la existencia y el pensamiento. Ponernos a hablar aquí de las diversas soluciones y doctrinas con respecto al alma, la mente y el espíritu nos llevaría miles y miles de folios, por ello nos remitiremos a unos pocos casos especiales y de cierta relevancia en la creación artística. Hablaremos de le religión en el Antiguo Egipto, algunas creencias acerca del alma en la mitología centroeuropea y de la presencia ubicua de la religión judeocristiana.

Poco hay que decir de la influencia del exotismo y el atractivo de la civilización del Nilo en el arte en general y en la literatura y el cine. Hablar de la concepción del ser humano para los antiguos egipcios es entrar en un complicado conglomerado de diversos principios vitales y espirituales —ka, ba, ib, aj ren, sheut…—. Los forjadores de ficción suelen sobrevolar la superficie de este proceloso océano de conceptos, simplificando al máximo os términos, centrándose en la parte más espectacular, la victoria de la vida sobre la muerte, la vuelta al mundo de los vivos del difunto, en particular bajo la sombría figura de la momia. Tenemos acceso a cientos de cuentos y filmes donde esta figura, entre aterradora y tierna, toma el protagonismo —le generación del pulp y antes muchos escritores del romanticismo fueron tentados por el Antiguo Egipto. En el fondo nos encontramos siempre con el mismo trasunto, el apego a la existencia vital a través de los tiempos, ya sea a través de la posesión y la codicia, el amor o el odio. Son una serie de fuertes emociones y deseos los que hacen que la vida perdure de forma corrupta y retorcida, apegada a lo material ya descompuesto. La muerte marca el alma de forma indeleble, la dota de una pátina monstruosa de la que es imposible escapar, y ni el amor ni ninguna otra acción pueden demoler esta contaminación. Quizá el terror inserto en este personaje no sea el que nos produce la empatía que sentimos con sus víctimas, sino ella y por ende nosotros mismos como víctimas trágicas, el terror a que ese deseo universal de trascendencia, de pervivencia, sea tan sólo un regalo envenenado, un pacto con el diablo del que nada bueno puede surgir. La antología publicada por Valdemar en su colección Gótica, La maldición de la momia, es un estupendo escaparate que nos muestra una variedad casi interminable de obras relacionadas con este tema.

La literatura romántica y por desarrollo posterior, buena parte de la fantástica posterior se vio influenciada por ciertos conceptos obtenidos de las creencias y la mitología centroeuropea —nórdica y germánica— en relación al alma y la división esencial del ser espiritual de ser humano. Fruto de esta influencia obtenemos dos paradigmas fundamentales como son el del doble y quizá, como expansión de éste, el de la parte animal subyacente en todo ser humano. El doble o Doppelgänger llega a su cumbre dentro de la literatura con el Romanticismo. El doble es sinónimo de tragedia, de muerte, la leyenda nos dice que ver al propio gemelo, el gemelo malvado, como también se le denominaba, era un augurio de la propia muerte. Cuando hablamos del doble no lo debemos tomar en un sentido estrictamente material, hablamos de una parte del propio ser disociada, un barrunto de la muerte en el que el ser se adelanta a su propia desintegración, en el que cada una de las partes que compondrían dicho ser escapa como lo harían las ratas de un barco ante el inminente naufragio. Una de las extensiones del concepto mítico de doble de las creencias germánicas, no tan trágica, es la del hombre animal. La transformación, no sólo física, sino mental y espiritual del hombre en bestia, o si queremos decirlo de otra forma, el dominio de el lado animal del alma sobre la propia realidad fisiológica: nos encontramos ante el germen del mito de los hombres bestia, desde los Bersekers, luchadores reales en los que la esencia brutal del animal aparece para hacerlos invencibles en la guerra —, hasta los hombres lobo, hombres oso y si nos atrevemos a ir a otras culturas como al africana y la japonesa, los hombres hiena y las mujeres raposas—. Cuando el creador de terror recurre a estos arquetipos, entonces recurre a dos de los miedos ancestrales por excelencia, el primero el miedo a la Naturaleza todopoderosa, el segundo el miedo al instinto en conflicto con la razón,  la lucha de la espontaneidad con el control de las emociones: recordemos Lokis, el hombre oso, de Merimee. Nadamos, usando una terminología muy posterior, en el oscuro océano del inconsciente colectivo, retrocedemos a los tiempos en los que nuestra debilidad frente al entorno nos aterraba, nos apocaba, cuando la Naturaleza se cobraba en nosotros su tributo, cuando la muerte era algo innato a la vida, que nos acechaba en cualquier rincón del sendero —cualquier relato de Algernon Blakwood, de los ambientados en los inmensos bosques del norte o no, posee esa fuerza de sugestión: El Wendigo, el campamento del perro, antiguas brujerías… También la Naturaleza más oscura se apodera del propio hombre lo individualiza, lo transforma y le hace perder esa humanidad que en el fondo no es sino una educación, una socialización, una sublimación de sus instintos en aras de la convivencia pacífica. El cine no ha sido ajeno con sus interminables ciclos dedicados al Hombre lobo, sin olvidar a Tourneur y su espléndidas Mujer Pantera y su continuación, paradigmas de ese desencuentro fatal entre nuestro ser racional y el oscuro residuo supersticioso de lo animal.

Para cerrar este capítulo referente a las creencias, no es imposible dejar de abordar la concepción judeocristiana del alma, pues es quizá uno de los elementos que mayor influencia ha tenido en la creación artística y el terror. Sobre esta concepción se sustentan todas las creaciones relacionadas con la posesión, con el ataque de las fuerzas del Demonio, con su apetito por ese alma, elemento inmortal y divino que hace al hombre como tal. El alma es la parte fundamental de nuestro ser, el cuerpo es corrupción, un accidente necesario en nuestro camino hacia el Paraíso y la resurrección de la carne. Perder el alma es perder la identidad, la libertad como posibilidad aplicable sobre uno mismo. No sólo nos enfrentamos a la muerte como origen del terror, un miedo más atávico y profundo enmarca la literatura y el cine que juega con este elemento, es perder algo más que la vida: es el dolor, el castigo eterno: la presencia de una entidad superior a nosotros capaz de trastocar el curso natural de las cosas, el miedo a lo trascendente, al mal absoluto capaz de corrompernos entrando y poseyendo lo más íntimo de nosotros. Las escenas descritas en El exorcista, tanto en el libro como en el film poseen una fuerza desbocada que punza los cables adecuados. Cualquier libro de fantasmas salido de un pluma occidental bebe de este misterio, de este miedo.

Jeckyll y Hyde, el precurso.

Hay un hito en la literatura fantástica y de terror, hito relacionado con la visión del ser humano y su interior, su yo moral, y si queremos ir algo más allá, prefiguraciones de un concepto emergente como es el de la interpretación psicológica.

Son apenas unos pocos años los que separan la publicación de la novelita de Stevenson de la presentación al público por parte de Sigmund Freud de su teoría psicoanalítica. Podemos ver el rastro del doble merodeando por ahí, no debemos olvidar que es un símbolo de significación poderosa, un elemento fuertemente arraigado en nuestro subconsciente y con una prefiguración negativa muy clara.

Hay diversas formas de interpretar la novela de Stevenson. Conflicto o dualidad moral, precurso de las futuras teorías del psique. En el fondo nos encontramos ante un tipo de horror que ya preexiste en términos generales desde hace tiempo, pero que explotará en todo su esplendor en siglos posteriores, es el miedo a lo diferente, a la aberración en lo íntimo; cuando la diferencia estriba en la psique: el terror al perturbado, al psicópata, a nuestro otro yo —deseos reprimidos, frustraciones— maniatado en el subconsciente, o a la enfermedad pura y dura que desvirtúa la normalidad. En el fondo es la evolución del miedo al monstruo llevada a una de las partes esenciales que conforman nuestra humanidad: la psique. Y esto además conforma una nueva regla, inquietante en su esencia: cualquiera puede serlo, no hay evidencias físicas que nos avisen de la diferencia, del peligro; todos podemos ser, llevar dentro, un monstruo que puede aparecer en el momento más inoportuno. Obviamente ha habido otras obras precedentes que poseían el mismo marchamo, pues el concepto de enfermedad mental ya existía de antemano —Recuerdo con especial cariño, Una vuelta de tuerca, de James, donde la locura juega un papel esencial, también El retrato de Dorian Grey, de Wilde, Los elixires del diablo, de E.T.A Hoffmann—. Pero es a partir del surgimiento y pòupularización de las teorías psicoanalíticas, interpretaciones de psicológicas, y sus posteriores evoluciones y escisiones, cuando este tipo de terror gana en carisma y efectividad: Suyo afectísimo Jack el destripador y, Psicosis de Robert Bloch, American Psycho, de Breaston Ellys, La mitad oscura de King… y toda esa caravana de películas para adolescentes como Viernes 13, Helloween, Saw..etc. son ejemplos claros y de desigual calidad.

La mente la materia, el espacio y el tiempo.

No hace falta insistir demasiado en que el dominio de la materia por parte de esta misma mente ha dado juego  a muchas interesantes creaciones, como por ejemplo el clásico La verdad sobre el caso del Señor Valdemar, de Poe, donde la materia es el propio cuerpo, llegando a la moderna película Scanners de Cronenberg donde este dominio por parte de un grupo de psíquicos puede llagar a  ser devastador. Hablamos del miedo de nuevo a lo desconocido, a algo que no comprendemos y que resulta ser más poderoso que nosotros, es el miedo al extraño que no sólo es distinto, sino también superior y mejor evolucionado.

Pero sigamos por el camino del tiempo y el espacio, una senda pintoresca que ha dado como resultado algunos relatos maravillosos: Los perros de Tindalos de Frank Belknap Long, La estancia oscura, de Leonard Cline o la película Viaje alucinante al fondo de la mente, interpretada por William Hurt.

En todas hay un denominador común. Los protagonistas estimulan algunas de las capacidades, supuestamente ocultas de su mente con el objeto de superar las barreras del tiempo y el espacio. Ya sea mediante disciplinas chamánicas, productos químicos, oscuros rituales En todas la experiencia produce consecuencias nefastas en los personajes, ya sea porque despierta la atención de peligrosos guardianes, como porque surjan efectos secundarios que afectan a la fisiología y a la psicología del sujeto.

Estas creaciones nos acercan a un terror anómalo, extraño. Sí, es un miedo a lo desconocido, pero no tan desconocido; en el fondo es la eterna búsqueda de la verdad, el equivalente científico de esa otra búsqueda religiosa o mística de la trascendencia. Una búsqueda plagada de trampas, de pozos oscuros. Hablamos del horror cósmico en una de sus múltiples facturas. La naturaleza, la realidad contiene secretos que se niegan a ser descubiertos o, como en una sutil perversión de la experiencia cuántica en la que una medida modifica el estado de lo medido, en según que casos una búsqueda de la verdad termina por modificar la propia realidad del que busca. Un ejemplo,  excepcional a mi entender, es la novela de Stepehn King La zona muerta, donde además se desarrolla el elemento paranormal de dominio del tiempo por la mente, la capacidad de evocar el futuro y por lo tanto el terror ante la posibilidad de un determinismo brutal, sin salida, en el que aquello que está escrito ha de suceder hagamos lo que hagamos: la mente como receptor del destino.

Y si de horror cósmico hablamos, entonces no debemos olvidar mencionar a su creador, el maestro Lovecraft, y en relación a la temática de este artículo, citar admirados algunos de sus relatos, como por ejemplo En la noche de los tiempos, donde se produce un intercambio mental entre un ser humano y un ente cósmico; o el estupendo El que susurra en la oscuridad, donde las mentes son extraídas y enaltadas literalmente. Lovecraft se olvida de lo esotérico y sobrenatural, convoca un horror casi tecnológico que estremece aún hoy

Conclusión

Y así, sin parar, podríamos continuar navegando, entresacando elementos relacionados con el universo de lo mental, de lo psíquico. Como ya he dicho, el terror gusta de moverse en las fronteras sin determinar, allí donde la incertidumbre permite a nuestro control racional agrietarse, permitiendo el paso a posibilidades no evaluadas y perturbadoras. Por fuerza había que elegir  y simplificar. Espero que este vuelo en corto sea un acicate, un disparador para entender la literatura de terror como un concepto más amplio que el de un conjunto de historietas para dar miedo a niños o satisfacer a adolescentes de hormonas hirvientes.

José Mª Tamparillas
para el nº3 de la revista “Cthulhu”


“El Abismo en el Espejo”, de Rodolfo Martínez

Miércoles, julio 20th, 2011

Después de leer la magnífica “El sueño del Rey Rojo” decidí descargarme el ebook “El Abismos en el espejo”, sin saber que la novela publicada por el sello de Rodolfo Martínez —Sportula— había sufrido bastantes variaciones respecto al original: título nuevo, más páginas y retoques aquí y allá. No he podido leer la novela original —“El abismo te devuelve la mirada”, por lo que desconozco si el remozado ha diluido la fuerza del primer manuscrito publicado en papel. Por lo que me limitaré a analizar el ebook, tal cual, sin referencias al original.

 

 

“El Abismos en el Espejo” es un caso similar al de la excelente película “Alien”, es decir, una historia de terror puro, enmarcada en un escenario salpicado con numerosos elementos de ciencia ficción. Por eso mismo, la incursión de esta crítica en un blog dedicado al terror, puede generar cierta polémica, ya que habrá lectores que no comulguen con mi visión de la obra analizada. Pero en mi opinión, basta leer el atrayente comienzo de la narración, para sentir la atmósfera malsana y sucia, propia de una novela de terror. Aunque, siendo el autor un experto en mezclar géneros, dudo que nadie sea capaz de etiquetar con acierto ninguno de sus libros; y menos, quien escribe estas líneas.

Un escritor fascinado con los espejos, pero también frustrado, tanto con su vida como con su obra, quien se aferra al recuerdo deformado de una mujer que abandonó en el pasado, y que, al mismo tiempo, se siente preso de una relación equilibrada con su esposa, descuartiza a su mujer y a su hija, minutos antes de que sus alumnos acudan al taller literario que se va a celebrar durante varios días en su casa.

Lo que sería el final de la novela en manos de un escritor cualquiera, se convierte, en las expertas manos de Rodolfo Martínez, en el espeluznante comienzo de una historia, donde, como viene siendo habitual en este autor, priman los sentimientos de los personajes sobre la trama, la cual se desarrolla de forma parsimoniosa, pero sin perder un ápice de tensión. La acción y los conflictos son interiores, los hechos que se suceden no son más que una excusa para hablar de las debilidades humanas y de lo que significa ser escritor.

 

 

El punto fuerte de Rodolfo Martínez es como es capaz de transmitir sentimientos tan sumamente complicados de describir, valiéndose sólo de la palabra, como son la frustración, la depresión, el amor y el desamor; así como lo real que puede ser para un escritor la ficción, y como ésta puede condicionar la vida de aquellos que se dedican a plasmar historias más allá de los límites de su imaginación. Todo esto, sin negarnos la diversión propia de una novela de suspense.

En esta novela, hasta el personaje más secundario goza de una personalidad que le hace único, distinto a los demás. Al igual que en la realidad, en las historias de Rodolfo Martínez, no hay dos personas iguales. El escritor nunca cae en la solución fácil. No se limita a utilizar a algunos personajes planos a modo de meras comparsas, sólo para que los protagonistas avancen en la trama. Todos aquellos individuos que aparecen en las páginas de la novela están perfectamente definidos.

El único pero es que después de un arranque tan prometedor y un nudo bastante interesante, la trama se desinfla poco a poco —cuando debería alcanzar su cenit— y Rodolfo Martínez opta por darle a su historia un final bastante convencional. El cual resulta algo decepcionante, dada la brillantez de gran parte de la novela. Aún así, la novela te mantiene enganchado y cuesta no leérsela de un tirón, sobre todo por el carisma de los personajes y la necesidad de saber qué va a ocurrir con ellos. Y además, como ya mencioné, todos los personajes están muy bien escritos, lo que provoca que te resulte inevitable temer por ellos.

Lo más curioso de la novela es como Rodolfo Martínez se las apaña para crear una suerte de Hannibal Lecter español, que tiene entidad por sí mismo. Quien mientras permanece confinado en un psiquiátrico, trata de seguir con su vida, mientras espera a que algo suceda, a través de la ficción que escribe en un ordenador.

En mi opinión —aunque no es tan buena como “El sueño del Rey Rojo”— “El Abismo en el Espejo” es una novela notable, cuya lectura recomiendo —más pudiéndose descargar en formato digital, por solo 1,90 euros, de la web de Sportula.

Nunca más veréis los espejos de la misma forma.

Escrito por Roberto J. Rodríguez


Bram Stoker Award: 2003: Lost Boy, Lost Girl

Sábado, julio 16th, 2011

“Lost Boy, Lost Girl” es una de esas novelas que despiertan sensaciones encontradas. Me resulta especialmente difícil sumergirme en su análisis precisamente por eso, porque mi percepción de esta obra es turbia, neblinosa, ambivalente.

Por un lado, ejerce una profunda fascinación. Straub renuncia en esta novela a los sustentos comunes de casi cualquier obra de horror: intriga o suspense. Ni el desconocimiento de qué acontecerá ni la tensión por lo que, prevemos, va a suceder cimientan la novela.

Los personajes, y más concretamente, la atmósfera irreal que envuelve a los personajes es el verdadero pilar de la novela. Y para reforzar esta idea, Straub menciona en numerosas ocasiones el rasgueo del tejido cotidiano como metáfora de esa sensación que persigue su texto por encima de la trama de asesinatos relacionados con los dos protagonistas principales, un joven adolescente y su tío.

“Lost Boy, Lost Girl” arranca con un suceso terrible, de los que moldean a cualquier ser humano en un nuevo e imprevisible ente. Nancy, madre de Mark, el adolescente en cuestión, y esposa de Phillip, hermano del otro protagonista en liza, el escritor neoyorquino Timothy Underhill, se ha suicidado. Más aún, su hijo, Mark, fue quien la encontró en el baño, con las venas cortadas longitudinalmente al antebrazo; y lo hizo tras haber percibido los días anteriores que algo iba mal.

Paralelamente a este suceso, una serie de desapariciones de adolescentes han comenzado en la ciudad, desapariciones que recuerdan a otra fatídica cadena de asesinatos con presas muy similares años atrás. Y Nancy, por la sangre que corre en sus venas, estaba relacionado con ellos, por lo que también lo está Mark.

La estructura narrativa es extraña e imbrica dos narradores (en general omniscientes, aunque las páginas del diario de Timothy también se presentan de vez en cuando) en dos marcos temporales distintos y separados por el acontecimiento que lleva a Timothy a visitar a Phillip, con quien pocos lazos lo unen, por segunda vez desde el suicidio de Nancy: Mark se ha escapado.

Si Straub quisiera jugar a la intriga, Mark nunca sería narrador protagonista. El enfoque recaería en Tim y sus pesquisas para encontrar a su sobrino y cazar al peligroso psicópata que está replicando la cadena de asesinatos que asoló su ciudad natal años atrás. Sin embargo, prefiere alternar los narradores a lo largo de toda la novela y no para establecer (a lo George R. R. Martin) una serie de nudos de tensión (los tan efectivos cliffhangers) que nos mantengan pegados a las páginas, sino para reforzar esa sensación que culmina y explica la novela de haber rasgado el velo de lo cotidiano.

De entre los dos narradores, aunque ambos contienen gran interés por el tremendamente profundo dibujo psicológico y existencial de ambos y de los personajes que los rodean, Mark se lleva la palma por culminar su trama con una de las historias de amor más hermosas que he tenido la oportunidad de leer, en este género o cualquiera. Un alma torturada por su padre se enamorará de él y lo invitará a pasarse al otro lado, consumando su unión amándose en la misma cama en la que fue atormentada, dándole un nuevo y hermoso significado al que fue, en vida, su potro de torturas.

El psycho-killer, la casa encantada y las historias de fantasmas son huesos arquetípicos que sustentan el esqueleto de “Lost Boy, Lost Girl”, pero su forma de disponerlos y, sobre todo, de recubrirlos con el músculo, grasa y piel de los detalles la hacen una pieza completamente atípica. Y es en esta rareza donde se encuentra su mayor virtud pero también su mayor defecto, ya que la falta de interés real por el devenir de la trama relativa a los asesinatos y su responsable parecen debilitar el mismo sentido de la obra.

Pero lo cierto es que hay autores que eligen salirse del molde narrativo en el que todo queda bien atado y prefieren dejar crecer su obra con mucha mayor libertad, como un macizo coralino que no entiende de presentación, nudo y desenlace, sino de la eterna expansión en nuevos ramales que, aunque decidamos abandonar, siguen creciendo a nuestras espaldas.

Una obra a recomendar por su cualidad de enredadera, aunque asumiendo la falta de consistencia narrativa y aun de propósito de su argumento.

Por: Ángel Luis Sucasas Fernández


Nos vemos en Gijón

Viernes, julio 15th, 2011

Cita obligada a partir del viernes 22, en La Semana Negra de Gijón.
Dentro del programa de actos de este año se incluye la participación de varios de los nuestros.

Concretamente, el sábado 23 y el domingo 24 en la carpa del encuentro, Elia Barceló participará en las dos sesiones de la tertulia “De la fantasía al terror” acompañada por Juan Miguel Aguilera, Rafael Marín, Susana Vallejo, Rodolfo Martínez, José Luis Zárate, Alberto López Aroca, Carlos Sisi, Javier Márquez y José Antonio Cotrina.

En la carpa A quemarropa, Emilio Bueso presentará “Diástole” el sábado 23 a las 21:45. Ismael Martínez Biurrun hará otro tanto presentando “Mujer abrazada a un cuervo” el viernes 29 a las 22:00. La antología “Aquelarre” se habrá presentado el mismo día a las 18:45, de la mano de Jose Carlos Somoza. Y el lunes 25, también en la la carpa A quemarropa, Juande Garduño participará en una charla.

Y muchas citas más en el recinto de la Semana Negra, tanto de miembros de nuestra asociación como de autores afines.

Os esperamos.