Archive for febrero, 2012

The Woman In Black: El horror slow-burn

Miércoles, febrero 8th, 2012

No será la primera vez que nos aproximemos a este peculiar modo de provocar espanto (nuestro repaso, piano, piano, de los Bram Stoker se detendrá en célebres títulos que lo practican), pero, dado que esta es la primera vez, conviene definir qué se entiende por terror slow-burn, cuáles son sus constantes estéticas y cómo condicionan el periplo tanto del autor en la creación como del lector en su sublimación.

Nada más fácil para entender el horror slow-burn que imaginar literalmente lo que la voz compuesta inglesa evoca (lento quemar, pausado arder). Se trata de la llama de una vela, que arde, en efecto, sin que seamos conscientes de su consumir, pero que de pronto, si nuestra atención divaga, nos dejará sumidos en las tinieblas.

Parecido rango “sufre” el lector de “The Woman In Black” (como lo sufre el de “The House of Haunted Hill” o “The Between”), pues la novela de Susan Hill nos lleva, con pulso maestro, a regiones donde el alma se consume en una angustia indefinida, prolongada e inexorable. La opresión de un paisaje inquietante, en este caso un páramo, la única presencia de la voz protagonista (pues el abogado que nos habla se encuentra prácticamente en soledad durante toda la novela) y la continua presencia de un algo más indefinible, de esa mujer de negro que se aparece de tanto en tanto sin que se defina jamás su propósito, son las concreciones de esa desazón.

“La mujer de negro” es una novela anómala, desubicada, perteneciente a otro espíritu, a otras enfermedades del alma que nada tienen que ver con la alienación existencial de nuestra contemporaneidad, sino más bien con su apertura sin límites (y los riesgos que conlleva tal apertura) de lo mejor del romanticismo. Las angustias de un Byron, un Shelley o del excelso Keats (por qué no, también de esa Rosalía de Castro que se asombra de negras sombras) ante la mera contemplación de la naturaleza y las extrañas mareas que agita en la conciencia humana son los cimientos con el que Susan Hill erige una pieza maestra del horror contemporáneo (la obra data de 1983) completamente ajena al sentir del hoy, ya no solo en la época que retrata, sino en cómo la retrata y en la temperatura existencial que desprenden sus páginas.

Desconozco aún si habrá acertado o no el interesante cineasta británico James Watkins en su adaptación cinematográfica de “The Woman In Black” (que veremos en las butacas con gran presencia gracias a la popularidad de su protagonista, Daniel Radcliffe), y ni siquiera sé si es concebible alcanzar este tipo de experiencia estética desde el cine (salvo que uno sea un Bergman o un Tarkovski), pero no cabe duda que los potenciales lectores de esta obra recobrada circunstancialmente por su presencia en celuloide deberían ceder a la llamada del texto original. Y sería mejor que lo hicieran antes de descubrirla en fotogramas.

La experiencia, aunque devastadora (lo entenderán al encontrarse con su desenlace), merece mucho la pena.

Angel Sucasas


Stephen King y yo: “Cell”

Sábado, febrero 4th, 2012

Había decido no leer ninguna de las novelas de Stephen King publicadas después de mediados los noventa, pues todos mis intentos por encontrar una novela escrita por el maestro del terror más allá de finales de los setenta y, sobre todo, pasada la década de los ochenta, que me satisficiese y no me dejase un sabor amargo y desagradable en el paladar, consecuencia directa de la decepción y de la incredulidad sufrida durante la lectura, habían resultado infructuosos.

King fue el primer escritor del género que me gustó –luego vendría Poe, y quedaría irremediablemente enamorado de la literatura de Terror.

Por todo lo expuesto, tras leer unas cuantas novelas del escritor de Maine que no me gustaron nada, a pesar de que empezaban bien –“Insomnia” “Desesperación” y “El Cazador de sueños”-; pero que luego se desinflaban de tal forma, que finalizar su lectura resultó todo un suplicio –dato curioso, pues si King tenía un don, este era el de ser capaz de entretener y enganchar al lector-, tomé la decisión de –como ya he comentado en el primer párrafo- no leer nada que no fuese de la que creo que es su época dorada, los ochenta.

Entendedme, nunca había tenido problemas para leerme en un breve período de tiempo un libro escrito por él, y no verme capaz de hacerlo me dejó tocado. Por poner un ejemplo, tuve una especie de sosa epifanía en la que tomé conciencia de que uno de mis escritores favoritos había perdido el talento, similar a la que los niños sienten cuando descubren que sus padres no son dioses, sino solo meros hombres; e incluso, puede que solo hombres mediocres. Cómo era posible que tuviese que obligarme a leer una obra de un autor que idolatré en mi adolescencia, teniéndome que marcar una rutina diaria –como hacía con las lecturas obligadas del colegio.

Sí, resultaba difícil aceptar que quien me había dejado con la boca abierta con novelas brillantes –o eso me parecieron cuando las leí- como “Carrie”, “Misery”, “It”, “El resplandor”, “La zona muerta”, “Cementerio de animales” o “Los Tommyknockers”; quien me hizo disfrutar enormemente de novelas que –sin considerarlas tan buenas como las anteriores- disfruté muchísimo, como “Apocalipsis”, “El juego de Gerald” o “La tienda”, podía haberse convertido en un escritor profesional en el peor sentido de la palabra; es decir, alguien capaz de cumplir con las fechas y publicar un par de libros al año –más sus guiones, artículos, relatos, etc.-, pero sin ofrecer nada nuevo ni ilusionantes a quienes –como yo- crecieron leyendo sus novelas.

Por eso mismo, cada cierto tiempo peco, y me leo una novela reciente de Stephen King, pues he de reconocer que deseo fervientemente recuperar la King de antaño y disfrutar como lo hice con sus primeras novelas. Aunque también temo releer dichas novelas, y darme cuenta de que quizá me parecieron geniales debido al poco bagaje como lector que tenía por aquel entonces. Sea como sea, la verdad es que no puedo remediarlo, y últimamente menos todavía, siempre vuelvo a probar con King.

Decidí darle una oportunidad a “Cell” porque era una novela de pocas páginas –así, si era mala, no sufriría demasiado- y porque sentía curiosidad por saber qué podía aportar King al género, siendo un gran amigo de quien prácticamente inventó a dichos seres: George A. Romero.

Mi gozo en un pozo. La novela empieza bien, aunque la prosa me parece demasiado descuidada. Un autor de cómics vende su primera novela gráfica, hecho que puede dar un giro enorme a su vida. Entonces, Clay Riddell -así se llama el protagonista- decide celebrarlo tomándose un helado, y de pronto se desata un Apocalipsis zombi. A partir de este instante, la novela adopta un cariz interesante y, también -por desgracia-, comienza a parecerse a otra de sus novelas: ““Apocalipsis”. Hecho que le perjudica bastante, ya que “Cells” parece una mala copia de “Apocalipsis”.

La trama que se plantea es interesante en un principio, así como los personajes –un grupo mucho más reducido que en “Apocalipsis”-; pero justo cuando parece que la historia que se nos narra va ponerse interesante, la novela se acaba. Es como si Apocalipsis la hubiesen concluido cuando todos los personajes emprenden su viaje iniciático. No tiene sentido.

Los protagonistas de “Cells” emprenden un viaje con el propósito de rescatar a su hijo, y de pronto, como si King se hubiese cansado de la novela –después de ofrecernos unos cuantos buenos capítulos-, acelera la trama de una forma mecánica y artificiosa –introduciendo un personaje calcado al villano de “Apocalipsis”, pero sin ningún carisma- y nos ofrece una final edulcorado y plagado de fallos arguméntales que resulta poco convincente. Además, por si esto fuera poco, llegado el momento de conocer el motivo por el que algunos seres humanos se transforman en una especie de violentos zombis vivos después de recibir llamadas telefónicas, el escritor de Maine les exige demasiado a los lectores –o al menos eso me pareció a mí-, exponiendo una premisa ridícula y carente de todo rigor científico -cosa que no tendría porque jugar en su contra, si no fuese porque es una teoría que suena estúpida incluso si esta fuese viable.

Podría seguir analizando la novela, pero no puedo decir nada bueno de ella. Y seguir lapidándola, duele como cortarte con un cuchillo de cocina. ¿Mi conclusión? Si King retomara la trama antes del absurdo giro que conduce a un final precipitado, quizá podía ofrecernos algo interesante. Pero como eso no va a ocurrir nunca –creo-, solo puedo decir que nos encontramos ante otra evidencia que demuestra que es muy probable que al maestro King se le hayan secado las ideas.

Como sigo tropezando con la misma piedra, pasados unos meses, volví a recaer, y esta vez me leí “Un saco de huesos”. Pero como diría otro de mis autores favoritos, eso ya es otra historia.

 

Roberto J. Rodríguez