El sustrato histórico y cultural
Víctima de la razón reverdecida, del racionalismo emergente, de la visión práctica y lineal de la existencia, el Romanticismo se ha agostado de forma definitiva. El referente mundial de la época: Gran Bretaña, florece con su imperio en todo su esplendor, y la flor más famosa del jardín es Victoria. La Reina, sí, reina con mayúsculas, la longeva madre que, junto a los estamentos gobernantes, burguesía y una aristocracia remozada, han sabido llevar al país al podio desde el que se domina buena parte del mundo.
Raciocinio, practicidad, moral, regla y método son sus armas. Son nuevos ideales. Son ideales burgueses, que se cuelan desde las más altas cunas de la sociedad, lo marcan todo, y terminan también por sojuzgar el nuevo arte. La literatura se impregna de aires utilitaristas y académicos, y en el caso que nos concierne, dentro del género fantástico, particularmente en el apartado del terror: la novela gótica languidece víctima de sus propios abusos, patetismo y exageración. El arte por el arte se hace un concepto desfasado, inmoral, podríamos decir. Donde todo tiene su utilidad, todo debe estar sometido a unas estrictas reglas racionales y a una utilidad, ya sea moral o intelectual, el espíritu que anima la creación estética resulta sospechosa. En cierto modo son tiempos oscuros para la creación más pura, tiempos de reconversión, de espera aletargada, a que el péndulo de las costumbres y de los gustos, oscile y genere un nuevo sustrato.
Así sucede:
Pasan los años, y esa exacerbada visión práctica de la existencia se corrompe víctima de su hemiplejia esencial: aquélla que olvida y no tiene en consideración esos otros instintos, esa otra parte del ser humano como totalidad que va más allá de la razón y el intelecto, del sentido común. La emocionalidad no se puede sojuzgar ni olvidar sin pagar las consecuencias. El hombre y la mujer victorianos pusieron sus esperanzas en esa visión sesgada de la realidad —la razón como conductora, la razón como solución y origen, la razón como regidora perfecta de un mundo imperfecto— y por fin comprobaron cuán errada había sido esta confianza ciega. La confianza en la industrialización, en esa nueva cosmovisión. En resumidas cuentas, en el concepto dominante de esa época: el progreso. Esta confianza decae y se paraliza al comprobar que aquello que se buscaba no se obtiene con la facilidad y naturalidad deseadas, es más, se mantiene tan alejado e inalcanzable como antes.
Es el momento del regreso, del renacimiento, de la mutación.
Ya no se acepta la literatura moral, utilitaria, aburrida, encorsetada.El cuento de miedo sale del olvido, la plebe necesita esparcimiento, diversión; el arte como un instrumento de placer estético, tanto intelectual, como emocional, resurge con fuerza.Va a nacer el cuento de fantasmas, la Ghost Story
Historias de fantasmas.
La Ghost Story es hija de su tiempo. La vuelta atrás no era viable. El cuento, la novela gótica, no convencen. Las grandes pasiones, las tragedias sangrientas situadas en lugares exóticos, no colman el ansia de evasión de los lectores y lectoras victorianos: endurecidos y exigentes. Castillos, heroínas, tiranos, blasfemos, secuestros, asesinatos… no surten el efecto adecuado, sólo obtienen risas y mofa. Sin embargo, son ellos y ellas, personas, podríamos decir alienadas por esas convenciones tácitas, por ala exigente y austera moralidad, quienes están ávidos de emociones al albur del hogar y la noche, lectores en busca de esparcimiento y recreación. Obtenemos un heterogéneo conjunto de buscadores de miedo, de esa emoción que turba nuestra paz emocional, que conmueve el equilibrio en aquello que nos resulta conocido y por tanto seguro.
Aunque sea una digresión al tema central de este artículo, ¿qué poder inconsciente tiene esa emoción ingrata y terrible? ¿Qué capacidad de fascinación posee? El escalofrío como estupefaciente y como estimulante, contradicción aparente, conceptos quizá opuestos, pero que en este caso se aglutinan y forman una amalgama adictiva que nos conduce a una catarsis esencial a nosotros mismos.
El hombre y las mujeres victorianos no se pueden sustraer a la ‘utilidad’ intrínseca del arte del terror: congraciarse con la parte tenebrosa de la naturaleza, llenar los huecos más oscuros que la pura razón no es capaz de ocupar… o quizá, desde una visión más psicológica del asunto, esa terapia, esa vacuna que muestra lo más horrible enlatado, sojuzgado por la palabra y la imaginación, vacuna que le permite seguir adelante sin sucumbir mentalmente.
Pero volvamos a lo que nos traía a estas páginas. ¿Qué debe suceder para que el terror, lo oscuro, vuelvan a tomar el lugar prevalerte que tuvieron antaño?
En realidad el enfoque debe cambiar, renovarse.
Uno de los grandes pasos de la Ghost Story en aras de la modernización del cuento, del género literario del terror, es el cambio de perspectiva que se requiere para ‘aterrorizar’ a esta pléyade de nuevos lectores. Puede parecer contradictorio, pero para ello se debe eliminar un importante parte de lo fantástico y exótico que impregna la narración. Las localizaciones lejanas, imaginarias, cargadas de significación simbólica, desparecen. El marco en el que suceden los hechos narrados se populariza, por llamarlo así. El terror se ha de llevar a un lugar donde éste se haga creíble. El lector ha de sumergirse en su ciudad, en sus calles, en las posadas que jalonan los caminos y carreteras, en sus casas. El terror llama a su puerta, podríamos frivolizar. Pero no es tal esta frivolización, esta revolución, pues de una revolución se trata. Esto es esencial para dotar al cuento de terror de la verosimilitud que el carácter práctico adquirido por el lector requiere, para engañarle y confiarle en su suspensión de la incredulidad. Los sucesos acaecen a su lado, la suceden al vecino o la vecina, allá donde nuestra sensación de seguridad alcanza su máximo.
De la misma forma que se produce un cambio de eje en la ambientación, también, y con el mismo objetivo, se sucede una transición drástica en la concepción de los personajes. Ya no asistimos a un desfile de arquetipos, de fenómenos de feria, de fantoches históricos delirantes y ciertamente algo teatrales. No. La víctima y la cohorte de secundarios que la acompañan en el devenir de la historia, son personas normales y corrientes: administrativos, nobles, oficiales del ejército y sirvientes, hombres de negocios, mendigos… el vecino de al lado, nuestro compañero de viaje, y por ende, nosotros mismos. Nadie está a salvo.
Por último, se produce una renovación en la trama y los argumentos en la misma dirección señalada en los dos apuntes anteriores. Hablamos de una mutación hacia lo cotidiano, de una socialización, en su sentido menos despectivo. No sólo se busca que le lector se sienta reflejado en un personaje, en un paradigma, que le sea conocido y cercano; que se amplifique este efecto mediante el uso de un marco rutinario y habitual. También se busca hacer surgir el estremecimiento tomando como punto de partida las situaciones más normales, las circunstancias del día a día.
Incluso, algunos autores, con el fin de obtener una mayor sensación de familiaridad con el lector, teñían sus obras de un imperceptible sentido irónico, de un cierto resabio humorístico que ayudaban, lo mismo que un poco de sal potencia el sabor de lo dulce, a mantener el suspense, a catalizar la emoción, algo plenamente necesario en aras de un desenlace sorprendente y sobrecogedor.
El objeto de esta nueva parafernalia es, repito, el de tenderle una trampa a la incredulidad del lector. Y como vamos a ver más adelante, en muchos casos tenían el camino expedito, pues incredulidad y superstición, una superstición camuflada en disfraces pseudocientíficos muchas veces, iban cogidas de la mano.
Influencias a tener en cuenta
Ya hemos anotado que la idea de progreso es uno de los referentes históricos que se materializa y consolida en esta época concreta; repito: progreso, positivismo, ciencia. Podríamos afirmar que es entonces cuando surge la figura del científico, del investigador que, armado sólo con las armas de la experiencia, la lógica y su intelecto, se lanza a desvelar los secretos que el universo ha estado ocultando.
Uno de los secretos que más obsesiona la humanidad es el más allá de la muerte. Los difuntos, su destino, su presencia… El enfoque religioso se mantiene, su inercia es demasiado fuerte como para poder ser detenida. Sin embargo pierde su posición de privilegio, su inviolabilidad, y se comienzan a hacer preguntas.
¿Hay algo más allá de la muerte? ¿Si lo hay, existe alguna forma de enfocar su estudio desde el lado contrario a la superstición o la mera creencia? ¿Podemos ser capaces de instrumentalizar con elementos del positivismo, de la lógica, de la ciencia experimental, el Más Allá?
Hay quien dice que sí.
Asistimos al nacimiento del movimiento espiritista: los muertos toman forma, los vivos parecen comunicarse con ellos con una facilidad hasta entonces nunca vista. Hay sesiones en los salones de las familias más importantes; actores, literatos, periodistas, políticos y filósofos se entusiasman con el nuevo juguete. Los ectoplasmas cubren Londres, las voces del mas allá, los golpes en las mesas socavan la flema británica, aunque todo ello teñido con una patina de absoluta sensatez y juicio. El espiritismo en una anécdota que adquiere relevancia en muchos estamentos y grupos sociales y culturales. Se llega a convertir en una moda a seguir y como tal, también ejerce influencia en la mentalidad de la sociedad entera. Digamos que, aún cuando no se era un adepto o creyente de esta nueva pseudociencia, no por ello se estaba a salvo de su influencia inconsciente. Por lo tanto, como estudiosos de aquellos elementos que afectan a la conformación de la literatura de terror, no podemos ser ajenos a la influencia notable que debió ejercer en las mentes creadoras y también en el cerebro de los lectores, empapados en estas doctrinas que dejaban el camino expedito a la necesaria presencia de lo sobrenatural.
(Añadir a esto como anotación puntual, la influencia del pensamiento de Emanuel Swedenborg en la obra de Le Fanu, aunque dicha doctrina naciera tiempo atrás, cargada de un misticismo y espiritualidad racionales).
Los escritores.
Podemos considerar a Joseph Seridan LeFanu, irlandés nacido en 1814, como el primer miembro de este nuevo club literario. Aunque quizá, a pesar de su propia opinión —que decía que tal apelativo se le debía dar a Le Fanu—, el mayor exponente de este tipo de literatura, haya sido Montague Rhodes James, anticuario y erudito nacido en Eton en 1862, cuyos cuentos de fantasmas son considerados los paradigmas del género, aunque para él no resultaran sino meros divertimentos intelectuales y estéticos. Henry James con su Vuelta de Tuerca y Herbert Russell Wakefield son dos de los componentes del grupo de cabeza que todo aficionado al género debe conocer. Bram Stoker, creador de Drácula y el archifamoso Conan Doyle también realizaron sus pinitos con algunos relatos, así como Amelia Ann Blanford Edwards, James Clarence Mangan y Wilkie Collins.
La lista de autores sería interminable, si tenemos en cuenta que muchos escritores que podríamos calificar como fuera del género, consagrados u olvidados, picaron del plato de la Ghost Story, a veces con resultados muy por encima de la media de los llamados especialistas. Y además, existe toda una pléyade de honrosos desconocidos, de autores que jamás consiguieron la fama, pero que nos dejaron joyas únicas —no puedo, en este caso concreto, recomendar la lectura de Cuentos Únicos, de la editorial Reino de Redonda, recogidos por Javier Marías, homenaje honroso y merecido a esos olvidados.
Conclusión
Podemos decir que este estilo de género es la antesala que, junto a la obra de Edgar Alan Poe, Arthur Machen, Algernon Blackwood y H. P. Lovecraft , nos van a llevar al moderno cuento de terror.Quizá abandonado, debido a una tácita valoración algo despectiva que en la actualidad lo subestima por su carácter facilón y poco creíble. No se puede negar que su influencia está ahí. La Ghost Story abrió en su tiempo las puertas a una nueva forma de encarar el cuento sobrenatural, a la modernización que se hacía necesaria para la supervivencia dinámica del género, a una relación reconsiderada entre el lector y la historia que acercara ésta a la intimidad de aquél. Muchos de los cuentos contemporáneos, quieran o no, beben de los mecanismos que en la época se crearon, en el modo de influenciar al lector y manejar las situaciones.Y sobre todo, no debemos olvidar que la Ghost Story popularizó el género terrorífico y sobrenatural, abriendo camino a esa nueva hornada de lectores y aficionados, devolviendo la confianza a editores y autores futuros, evitando un olvido inmerecido.
José Mª Tamparillas
para el nº2 de la revista “Cthulhu”, 2007






