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Por qué pertenecer a una asociación de escritores, y encima, de terror – Parte III

Martes, abril 12th, 2011

(PARTE TRES, DE TRES)

Lo ideal sería que esta pregunta la respondiese nuestro presidente David Jasso, o algún miembro de la junta directiva, o cualquiera de los veteranos. Entonces, ¿por qué va a responder un recién llegado?

Te paras un momento, y piensas acerca de lo que te han dicho.

<<Tal vez tengan razón>>, piensas. <<Quién soy yo para responder a una pregunta tan compleja, si apenas estoy seguro de qué es “Nocte”>>. Pero, al mismo tiempo, después de haber intercambiado y leído algunos correos electrónicos con los demás miembros, te das cuenta de que la asociación se encuentra en un momento crucial, donde debe plantearse su futuro y comenzar a lanzar iniciativas que le acerquen más al objetivo por el que, probablemente, se creo: dignificar la literatura de terror y a los autores de dicho género, haciendo especial hincapié, en los de aquí. Quienes, por desgracia, carecen del reconocimiento y las facilidades que otros colegas que no escriben novelas de terror. Pues la mayoría de los socios de “Nocte” ejercen otra profesión, aparte de la de escritor (la cual no es suficiente para ganarse la vida dignamente).

 

Todos los socios de la asociación emplean casi todo su tiempo libre en escribir, a pesar de que la mayoría no verán un duro. Es algo puramente vocacional, aunque la calidad resultante sea profesional —o si no, probad a leer a alguno de los libros o relatos de los socios más reputados.

 

Pero ante todo, lo que percibes, cuando empiezas a relacionarte con los socios de esta asociación, es su pasión por el terror —tanto el autóctono, como el foráneo—, y las ganas de dignificar un género que no recibe el interés mediático y cultural que se merece.

 

Además, tienes también la sensación —real o no— de que si, en el algún momento,  pierdes el equilibro y caes del alambre, ellos estarán ahí para sostenerte, como si de una red orgánica se tratara. Aunque puede que alguno se aparte, y te deje caer al suelo, no por maldad, claro, sino porque es verdad que todos sienten una curiosidad insana por explorar el lado oscuro de la psique humana. Pero luego, aquel que se apartó, te llevará al hospital —a caballito si hace falta—, o te donará sangre —aunque ésta sea de vampiro, y traiga, como consecuencia, un nuevo alzamiento de las criaturas de la noche sobre la faz de la tierra.

Y lo más curioso, es que, a pesar de que comparten -compartimos- una pasión común, no todos entienden el terror de la misma forma y siguen la misma senda. Así que su manera individual de entender el terror, provoca que la visión del conjunto sea más rica y se genere una especie de circuito energético —cual máquina del doctor Frankenstein— que retroalimenta a todos y cada uno de los miembros de la asociación. Lo que desemboca en la proliferación de antologías, novelas y proyectos culturales que abarcan un amplio espectro del terror.

 

Cuando cualquier mortal da el paso de intentar mover lo que ha escrito, con el propósito de publicar, se da cuenta de que no conoce las reglas del juego y de que está solo. Y resulta, sumamente, complicado, no sentirse abrumado, decepcionado —primero—, frustrado —después—; y sobre todo, solo, como ya he mencionado, infinitamente solo y desvalido.

 

Ahora, sabes que no estarás solo, que perteneces a una panda de pirados… pero qué pirados.

¡Larga vida a NOCTE! ¡Larga vida al TERROR!

 

 

 

Roberto J. Rodríguez


Por qué pertenecer a una asociación de escritores, y encima, de terror – Parte II

Viernes, abril 1st, 2011

(SEGUNDA PARTE, DE TRES)

Mucho tiempo después, te das cuenta que hay vida más allá de las editoriales conocidas, y empiezas a pasar días enteros, tratando de encontrar listados de editoriales pequeñas, que publiquen autores españoles y novelas de género. Vas saltando de un blog a otro, revisando reseñas y sellos… la tarea resulta bastante más extenuante que la de escribir.

Decides que sólo vas a mandar manuscritos originales por correo electrónico, así sólo gastarás tu esfuerzo y tu tiempo. Poco a poco, empiezas a conocer editoriales que publican bajo demanda, y otras, que únicamente lo hacen en soporte digital.

Tú, como lector empedernido que eres —veneras el libro como objeto y te cuesta leer en una pantalla—, preferirías publicar en papel, pero eres consciente de que no tienes muchas otras oportunidades; y, quizá, el ebook sea el futuro, como muchos vaticinan en Internet.

Sí, el mundo editorial va a cambiar, radicalmente, y en menos tiempo de lo que imaginamos, proclaman algunos agoreros o iluminados —según se mire.

Empiezas a mandar tus tres novelas, a toda editorial que se precie de serlo. No te importa que no vayas a cobrar un duro, sólo quieres ver tu obra editada. También mandas relatos a los concursos que afloran en Internet.

Pasan más años todavía, y tú sigues intentando publicar, aunque ya sin fe; es sólo una cuestión de inercia.

Por fin, después de muchas negativas, recibes unos cuantos correos electrónicos positivos. Pero aún queda mucho recorrido por hacer.

Sufres un par de desengaño. Otra vez tú inexperiencia y tus ganas de publicar te llevan a tomar decisiones precipitadas. Aprendes que no vale cualquier cosa, que tienes que meditar más, y que no te puedes lanzar, a la menor oportunidad que se te presenta de publicar, como si fuera a ser la última.

Te exiges calma.

Tratas de huir de las editoriales que te piden dinero por publicar bajo su sello. Sigues cometiendo muchos errores… demasiados. Porque te sigues sintiendo tan ciego como cuando tomaste la maldita decisión de publicar.

Les cuentas las penas a tus amigos más próximos, pero ellos no son escritores, y lo máximo que pueden hacer es tratar de animarte y darte una palmadita en la espalda.

Tras otra nueva crisis de fe, tu suerte cambia… al menos, en lo que se refiere a la literatura.

Cuando estás a punto de mandarlo todo a paseo, después de haber pasado dieciséis horas currando en festivo -sabiendo que en días te quedas sin trabajo- y perderte por la niebla en coche -historia digna de contarse-, llegas a casa y te enteras de que has sido uno de los ganadores de un premio de relatos. No tienes mucho tiempo para digerirlo, porque en cuestión de tres horas, tienes que emprender de nuevo una jornada laborar de dieciséis horas, y no has dormido nada.

Al día siguiente, que ya no trabajas, recibes elogios de gente que lleva en esto mucho tiempo.

El premio es la publicación de tu relato en una editorial de las de verdad. Sí, va a salir publicado en una antología, y el libro estará a disposición de la gente en librerías y grandes superficies comerciales. Además, aunque parece que no van a salir nunca, firmas un par de contratos —en uno sientes que te has equivocado al firmar (y esperas no arrepentirte más adelante)—; en el segundo, das con un buen editor, que va con la verdad por delante, y esperas la inminente publicación de tus novelas en ebook. No es papel, pero ya qué importa.

Henchido de ánimo, pasas a los agradecimientos. Le das las gracias a quienes intercambiaron un par de correos electrónico, cuando estabas en horas bajas, y que no tenía por qué. Como un fantástico escritor español —que tiene más de 19 novelas publicadas y lleva bregando mucho tiempo en este mundillo—; o un par de editores —que tratan de poner su granito de arena y facilitar al nacimiento de nuevos literatos del terror, la ciencia ficción y el fantástico—. Le agadeces las palabras de ánimo y un par de buenos consejos que te brindaron, que no habías tenido hasta ahora, y que te valieron de mucho, y que ojalá los hubieses conocido antes.

Por fin, sí… por fin. Empiezas a ver que realmente empiezas a recoger frutos.

Como has conseguido publicar profesionalmente —aunque los libros no estén todavía disponibles en las librería o en las tiendas de Internet—, te apresuras a mandar un correo electrónico a “Nocte”. Una asociación española de escritores de terror, que has descubierto, de forma casual, y cuyo principal requisito, para pertenecer a ella, es haber publicado con alguna de las editoriales profesionales. No vale la autoedición.

Mandas tu candidatura, esperando que te digan que lo intentes cuando tengas una trayectoria de verdad; o al menos, tu libro esté en la calle.

Pasa el tiempo, y tú sigues intentando no volver a sentirte pesimista, pues, todo lo que iba a salir publicado, comienza a retrasarse, mientras sigues moviendo la novela que aún no has logrado colocar; a pesar de que, para ti, es la mejor de todas las que has escrito.

Cuando menos lo esperas, te llega un correo electrónico, diciéndote que has sido aceptado en “Nocte”, y te inunda una sensación indescriptible: una mezcla de alegría exultante, incredulidad, ansiedad, vértigo y un extraño sentimiento de “quizá me lo merezca” —poco habitual en ti.

Casi al mismo tiempo, recibes otra noticia inesperada y que te llena de alegría, el alma máter de una magnífica revista de cine fantástico, te envía un correo electrónico, para preguntarte, si quieres colaborar, y unirte al equipo de redacción de una nueva revista digital que piensan sacar.

Si no fuera porque hace poco más de un mes, has perdido tu trabajo y el futuro laboral se vislumbra poco halagüeño, tendrías la impresión de que todo es un sueño maravilloso.

Siguiendo las indicaciones de uno de los grandes del terror patrio —y presidente de la asociación—, David Jasso, realizas los pasos necesarios para entrar en la lista de correo, que sirve como columna vertebral de la asociación.

Tu intención inicial es entrar de puntillas, con la idea de empaparte de todas las experiencias y consejos de tus compañeros —la mayoría con más tablas en el mundo editorial que tú—. Pero el entusiasmo y las ganas de colaborar, te llevan a destacar más de lo que te hubiese gustado. Aunque te propones lo contrario, te cuesta no ser un elemento activo de la asociación. Sientes la necesidad de colaborar para conseguir que “Nocte” esté donde crees que se merece.

Pronto, encuentras algo que hacer. Vas a redactar contenidos para la web oficial de la asociación.

Te sorprende que tu exceso de entusiasmo y aporte de ideas —al igual que los de algún compañero que han sido admitidos contigo—, no sólo no molesten a los socios más curtidos; sino que, ellos, os animan a no cortaros a la hora de proponer y de hacer, por muy locas que puedan parecer las cosas que decís.

Como no tienes tiempo para leer y escribir el artículo que quieres redactar, que versa sobre un compañero, quien se ha prestado a dejarte su novela, para que puedas confeccionar tu primer contenido para la web; decides tratar de dar una respuesta a la pregunta que todos tus amigos te hacen, después de leer tu blog y felicitarte:

Pero, eso de “Nocte”, ¿qué es?

 

 

Roberto J. Rodríguez


Por qué pertenecer a una asociación de escritores, y encima, de terror – Parte I

Miércoles, marzo 23rd, 2011

(PRIMERA PARTE, DE TRES)

Imagina que eres un escritor en ciernes -has escritor multitud de relatos; e incluso novelas-, pero nunca has pensado en publicar porque, para qué vamos a engañarnos, te abruma la idea de enfrentarte a todo lo que eso conlleva.

 

 

Sientes la necesidad imperiosa de escribir, nada más.

Además, como todo tu entorno -excepto los más fieles amigos- te ha dicho que es imposible triunfar en el mundo de las letras, sin tener un padrino, las perspectivas se presenten poco halagüeñas.

A ti te encantaría decirles que triunfar, lo que se dice TRIUNFAR, no es exactamente lo que quieres. Más bien, albergas el deseo latente de que lo que escribes, pueda ser leído por mucha gente.

También hay otra razón de peso, para no saltar al vacío de la edición. A ninguna persona le gusta tomar conciencia de que no ha sido capaz de conseguir una meta. Tener que vivir el resto de su vida, frustrado, sabiendo que no pudo ser, lo que quería ser en realidad, y conformarse con las migajas, siendo lo que le dejaron ser. Y tú, mientras no se demuestre lo contrario, eres una persona. Además, exponer públicamente tu obra, significa que te pueden llover palos a mansalva.

 

Pero un día decides intentarlo, quizá porque te levantas con el pie derecho, y tú eres zurdo; o como se diría -no hace tantos años como nos gustaría pensar-: siniestro. Sí, la verdad es que tu vida no es una fiesta constante. Y si eres sincero, contigo mismo, tú tampoco es que seas precisamente la alegría de la huerta; aunque la gente que te rodea lo rebatiría. Pero ellos no están la mayor parte del tiempo contigo, cuando estás solo y te sale la vena mártir y no hay dios que te soporte.

Resumiendo, te vas arriesgar, porque más palos de los que te has llevado ya en la vida, no crees que te puedan propinar. Piensas que tu ego está tan maltrecho, que no te van a afectar unas cuantas cartas de rechazo, o que la calidad de tu obra sea cuestionada o que tu talento sea puesto en entre dicho.

Lo peor que te puede ocurrir, es que te suicides o te vuelvas más depresivo aún; nada que no se pueda remediar con un buen seguro de vida o cantidades ingentes de pastillas de colorines.

Empiezas a cavilar cómo hacerlo; publicar, me refiero. No conoces a ningún otro escritor novel, ni, claro está, consagrado; y estás totalmente pez, en lo que se refiere a lo que se cuece por Internet. Hasta hace muy poco, ni siquiera tenías una conexión ADSL en casa.

Aunque trabajaste como técnico ADSL, para una compañía muy conocida, que se cargó de un plumazo más de doscientos puestos de trabajo; incluido el tuyo. Sabes cómo conseguir que funcione un router, pero nunca te ha interesado explorar la red.

Para más inri, aunque tu primera novela te salió intimista, ahora te sientes más cómodo abordando temáticas más extrema, propias de eso que se ha dado en llamar género; donde resulta fácil disfrazar sentimientos y experiencias, así como hacer críticas feroces al sistema, sin sentirte expuesto y desnudo como un recién nacido.

Buscas un alojamiento gratis en Internet y creas un blog, donde poder colgar tus relatos y lo que tu crees que son tus sesudas reflexiones. Es fácil, basta mirar u par de tutoriales. Piensas que es una buena manera de empezar a adquirir cierta notoriedad. Sólo hay un problema, que tu inexperiencia no te permite ver, hasta mucho tiempo después. Nadie lee tu blog. El bosque es muy grande, y los internautas no encontrarán jamás tu blog, si antes tú no te esfuerzas por darlo a conocer.

No te apetece nada tener que venderte, como si fueras un producto. Pero no hay —o no sabes— otro camino. A ti, lo que te gusta es escribir. Aún así, poco a poco —lo que es un decir, porque estamos hablando de años—, vas consiguiendo publicitar tu blog, mientras buscas alojamientos y revistas digitales en Internet, donde tengan cabida tus relatos.

Todo lo haces a ciegas, y con la sensación de estar haciéndolo siempre mal. Pero como no tienes a nadie que guíe tus pasos, te asesore o te dé un par de buenos consejos, sigues adelante, basándote sólo en el sentido común.

Por fin, comienzas a obtener cierto reconocimiento y logras que ciertos portales de Internet, dedicados al terror y a la fantasía, te cuelguen algún relato. Entras en la dinámica, y te pones como un loco a escribir y a mandar relatos. Aunque sigues pensando que tus estrategias están equivocadas, sólo puedes funcionar mediante el método de ensayo-error.

Además, por si no fuera poco, te das cuenta que la mayoría de las cosas que escribes, como ya mencioné, están emparentadas con el género de terror, y por las editoriales que has visto —porque sí, ya empiezas a buscar editoriales—, sólo te publicarían, si ya fueras un escritor consagrado, o hubieses nacido en otro país, distinto a éste.

Porque la novela de terror “made in Spain” no vende, declaran algunos editores en un par de entrevistas que logras localizar en Internet. Te das cuenta de que, aunque no quieres creerlos, es una verdad como un templo. Basta mirar tu propia biblioteca, para que se te caiga el alma a los pies: la mayoría de novelas de género, que se apiñan entre las baldas, son de autores foráneos. Conoces a varios autores españoles de oídas, pero nunca has visto sus libros expuestos en las grandes superficies comerciales, a la que sueles acudir a comprar tus libros, ni tampoco en la prestigiosa librería madrileña, que también sueles frecuentar.

La cosa está complicada. Mucho. Lo intentas, lo intentas y lo intentas.

Acumulas rechazos, disgustos y te empiezas plantear que gastarse tanto dinero en fotocopias, canutillos –no, amigos. No me refiero a ésos; sino a los de encuadernar—, y luego, espirales —dios, lo sé, porque también trabajé en una tienda de fotocopias durante una breve pero horrible temporada—, resulta una pérdida de tiempo y un derroche excesivo de dinero.

Aún así, sigues adelante…

 

 

 

Roberto J. Rodríguez