Posts Tagged ‘Stephen King’

Stephen King y yo: “Cell”

Sábado, febrero 4th, 2012

Había decido no leer ninguna de las novelas de Stephen King publicadas después de mediados los noventa, pues todos mis intentos por encontrar una novela escrita por el maestro del terror más allá de finales de los setenta y, sobre todo, pasada la década de los ochenta, que me satisficiese y no me dejase un sabor amargo y desagradable en el paladar, consecuencia directa de la decepción y de la incredulidad sufrida durante la lectura, habían resultado infructuosos.

King fue el primer escritor del género que me gustó –luego vendría Poe, y quedaría irremediablemente enamorado de la literatura de Terror.

Por todo lo expuesto, tras leer unas cuantas novelas del escritor de Maine que no me gustaron nada, a pesar de que empezaban bien –“Insomnia” “Desesperación” y “El Cazador de sueños”-; pero que luego se desinflaban de tal forma, que finalizar su lectura resultó todo un suplicio –dato curioso, pues si King tenía un don, este era el de ser capaz de entretener y enganchar al lector-, tomé la decisión de –como ya he comentado en el primer párrafo- no leer nada que no fuese de la que creo que es su época dorada, los ochenta.

Entendedme, nunca había tenido problemas para leerme en un breve período de tiempo un libro escrito por él, y no verme capaz de hacerlo me dejó tocado. Por poner un ejemplo, tuve una especie de sosa epifanía en la que tomé conciencia de que uno de mis escritores favoritos había perdido el talento, similar a la que los niños sienten cuando descubren que sus padres no son dioses, sino solo meros hombres; e incluso, puede que solo hombres mediocres. Cómo era posible que tuviese que obligarme a leer una obra de un autor que idolatré en mi adolescencia, teniéndome que marcar una rutina diaria –como hacía con las lecturas obligadas del colegio.

Sí, resultaba difícil aceptar que quien me había dejado con la boca abierta con novelas brillantes –o eso me parecieron cuando las leí- como “Carrie”, “Misery”, “It”, “El resplandor”, “La zona muerta”, “Cementerio de animales” o “Los Tommyknockers”; quien me hizo disfrutar enormemente de novelas que –sin considerarlas tan buenas como las anteriores- disfruté muchísimo, como “Apocalipsis”, “El juego de Gerald” o “La tienda”, podía haberse convertido en un escritor profesional en el peor sentido de la palabra; es decir, alguien capaz de cumplir con las fechas y publicar un par de libros al año –más sus guiones, artículos, relatos, etc.-, pero sin ofrecer nada nuevo ni ilusionantes a quienes –como yo- crecieron leyendo sus novelas.

Por eso mismo, cada cierto tiempo peco, y me leo una novela reciente de Stephen King, pues he de reconocer que deseo fervientemente recuperar la King de antaño y disfrutar como lo hice con sus primeras novelas. Aunque también temo releer dichas novelas, y darme cuenta de que quizá me parecieron geniales debido al poco bagaje como lector que tenía por aquel entonces. Sea como sea, la verdad es que no puedo remediarlo, y últimamente menos todavía, siempre vuelvo a probar con King.

Decidí darle una oportunidad a “Cell” porque era una novela de pocas páginas –así, si era mala, no sufriría demasiado- y porque sentía curiosidad por saber qué podía aportar King al género, siendo un gran amigo de quien prácticamente inventó a dichos seres: George A. Romero.

Mi gozo en un pozo. La novela empieza bien, aunque la prosa me parece demasiado descuidada. Un autor de cómics vende su primera novela gráfica, hecho que puede dar un giro enorme a su vida. Entonces, Clay Riddell -así se llama el protagonista- decide celebrarlo tomándose un helado, y de pronto se desata un Apocalipsis zombi. A partir de este instante, la novela adopta un cariz interesante y, también -por desgracia-, comienza a parecerse a otra de sus novelas: ““Apocalipsis”. Hecho que le perjudica bastante, ya que “Cells” parece una mala copia de “Apocalipsis”.

La trama que se plantea es interesante en un principio, así como los personajes –un grupo mucho más reducido que en “Apocalipsis”-; pero justo cuando parece que la historia que se nos narra va ponerse interesante, la novela se acaba. Es como si Apocalipsis la hubiesen concluido cuando todos los personajes emprenden su viaje iniciático. No tiene sentido.

Los protagonistas de “Cells” emprenden un viaje con el propósito de rescatar a su hijo, y de pronto, como si King se hubiese cansado de la novela –después de ofrecernos unos cuantos buenos capítulos-, acelera la trama de una forma mecánica y artificiosa –introduciendo un personaje calcado al villano de “Apocalipsis”, pero sin ningún carisma- y nos ofrece una final edulcorado y plagado de fallos arguméntales que resulta poco convincente. Además, por si esto fuera poco, llegado el momento de conocer el motivo por el que algunos seres humanos se transforman en una especie de violentos zombis vivos después de recibir llamadas telefónicas, el escritor de Maine les exige demasiado a los lectores –o al menos eso me pareció a mí-, exponiendo una premisa ridícula y carente de todo rigor científico -cosa que no tendría porque jugar en su contra, si no fuese porque es una teoría que suena estúpida incluso si esta fuese viable.

Podría seguir analizando la novela, pero no puedo decir nada bueno de ella. Y seguir lapidándola, duele como cortarte con un cuchillo de cocina. ¿Mi conclusión? Si King retomara la trama antes del absurdo giro que conduce a un final precipitado, quizá podía ofrecernos algo interesante. Pero como eso no va a ocurrir nunca –creo-, solo puedo decir que nos encontramos ante otra evidencia que demuestra que es muy probable que al maestro King se le hayan secado las ideas.

Como sigo tropezando con la misma piedra, pasados unos meses, volví a recaer, y esta vez me leí “Un saco de huesos”. Pero como diría otro de mis autores favoritos, eso ya es otra historia.

 

Roberto J. Rodríguez


Bajo la paradójica sombra del rey

Miércoles, mayo 25th, 2011

Disquisición ganadora ex aequo del concurso de artículos de la web www.h-horror.com 2011

Hablar de Horror Hispano a día de hoy, por extraño que resulte, supone hablar de Stephen King. Directa o indirectamente, la obra del norteamericano es una de las influencias palpables que más se repite en los autores españoles y, hasta donde conozco, en los latinoamericanos (aunque en estos su influjo se atenúa, en parte, por el realismo mágico). Era una impresión clara que se ha ido confirmando a lo largo de los años: si a mi entrada en Nocte, la asociación española de escritores de terror, pude constatar que en lista de libros de terror que nos habían marcado mis compañeros nombraban una y otra vez trabajos de King, en la Hispacón – Noctecón de Huesca, en 2009, se oficializaba esta particularidad: los escritores ahí reunidos declararon de forma casi unánime que King había sido su introducción al género, su fuente de inspiración, el guardián de sus lecturas de adolescencia o cualquier otro papel de similar relevancia. Era, sin duda, el autor que más había destacado como motor de la generación de escritores ahí reunidos.

En el público hubo quien se extrañó de la prevalencia de autores anglosajones, pero el asunto iba más allá: si bien Edgar Allan Poe, Bram Stoker o Lovecraft eran también lecturas comunes, estas se consideraban poco actuales, clásicos en los que apoyarse pero con los que, al mismo tiempo, se pone una cierta distancia. King era, por el contrario, inspiración directa y modelo cercano.
No es un fenómeno restringido a Nocte. Durante los últimos años he dirigido varias revistas electrónicas, la sección de literatura de dos portales, he sido miembro de varios colectivos literarios y jurado de casi una docena de concursos y convocatorias abiertas, algunas relacionadas directamente con el terror. En todas ellas he podido comprobar un modo común de abordar el género que bebe de los preceptos del rey.

Haciendo una simplificación quizás excesiva, pero que tendrá que darse por válida para el alcance limitado del artículo, podríamos decir que los pilares de King se asientan en la cercanía: sus personajes suelen ser gente común, no hombres extraordinarios o embarcados en proyectos únicos, sino por lo general tipos corrientes que se ven envueltos en un hecho extraordinario, lo que sigue la propia regla de MR James; la prosa, del mismo modo, busca ser accesible: emparenta con la a veces mal llamada prosa de bestseller porque es inmediata, no se pierde en excesivos experimentos y suele enfocarse de un modo expositivo; los detonantes de las historias, aun enlazados con sucesos paranormales, de ciencia ficción, fenómenos sobrenaturales o de fantasía, son asequibles y no exigen tampoco al lector grandes esfuerzos de fabulación o reflexión aunque, al mismo tiempo, sí que estimulan su implicación en la historia: casi entroncan con el folclore oral siniestro; por último, el elemento clave: la ambientación tiene que ser cercana. King es conocido por aproximar lo terrible a lo cotidiano, por lo que supermercados, institutos, urbanizaciones y similares se convierten en el telón de fondo ideal para sus historias. Incluso en sus obras más fantasiosas opta por los vaqueros antes que por los caballeros, como buen norteamericano. Y he aquí la paradoja.

Si los autores de horror hispano hubieran digerido correctamente las premisas de King, nos encontraríamos en gran medida con obras ambientadas en Casetas, Alcorcón o Triana protagonizadas por tipos corrientes que se llamasen Carlos, María o Esteban. La tendencia general es más bien la contraria: los personajes de nombre anglosajón, muchas veces presentados con horribles transcripciones, abundan, como también los escenarios importados del otro lado del Atlántico. Es comprensible por la propia inercia de los lectores, ya que, no en vano, somos una generación que ha crecido con cine estadounidense, series yanquis y, por supuesto, literatura ambientada en los USA (con King a la cabeza). Incluso cuando nos remontamos a los tiempos en los que se leía la obra de autores nacionales en cantidades industriales nos encontramos con que se hacía de tapadillo, con pseudónimo dentro de la lógica de los bolsilibros.

No obstante, poco a poco, algunos escritores se han ido dando cuenta de que tan válido es un escenario como el otro, y se ha ido creando una especie de movimiento pendular que busca la oposición. Esta antítesis pasa por alto un elemento importante: la influencia de King no hay que tomársela como una invasión nominal, sino como un fenómeno a estudiar y que, en el fondo, plantea premisas universales. Si nos limitamos únicamente a cambiar los nombres de esa primera reacción de seguimiento natural (pues las primeras historias que creamos, sea por escrito o para los amigos en el patio del colegio, siempre surgen por imitación) no estaremos haciendo otra cosa que repetir el error con el mismo planteamiento.

Esta reacción desnortada es la que ha generado una serie de trabajos, también abundantes, de refrito de King en aceite de oliva. Son esas historias en las que el protagonista se llama Paco pero vive en una casa de madera con jardín en un suburbio, los agentes de policía son oficiales (sic) y los chicos van al instituto en coche a fiestas de fin de año con baile incluido. Es decir, en el fondo son historias maquilladas que no entienden la premisa de cercanía del norteamericano, pues aquí lo propio es vivir en un piso y hacer pirola para fumarrear en el parque.

Algunos autores, sin embargo, sí que han conseguido hacer la síntesis necesaria y sin renegar de la innegable influencia de Stephen King en su obra han sabido aplicarla en su entorno natural. Esto es algo que va más allá de lo nominal previamente citado. Si antes hablábamos de cómo King recurría a los vaqueros para sus siniestras fantasías como parte de su acerbo cultural, también podemos ver este fenómeno en autores nacionales que trabajan con algunas de sus premisas sin resignarse a la imitación: Emilio Bueso y sus escalofriantes curas monstruosos del 36 (Noche cerrada), Miguel Puente y sus referencias a las supersticiones gallegas (El extraño caso de Elías Fosco; Paura 3) o el tratamiento del horror a partir del folclore catalán realizado a cuatro manos por David Jasso y Santiago Eximeno en Cazador de mentiras, por poner unos ejemplos a vuela pluma de obras de escritores que sé que se han empapado de la obra de King.

A modo de cierre querría hacer hincapié en algunos puntos que considero importantes para esta reflexión sobre la influencia insoslayable de King que veo en el horror hispano. Alguno podría pensar, a priori, que es triste que una generación de autores de un origen esté tan marcada por un autor de otro. Personalmente, no lo veo así, aun a pesar de que no soy un gran fan del americano. A mi parecer las influencias, per se, no tienen nada de malo ni de bueno. Tan solo es necesario tenerlas presentes y analizarlas para poder sacarles provecho.

Que la sombra de King cubra gran parte de la producción de jóvenes escritores hispanos actuales es algo natural a juzgar por cómo se crió nuestra generación. No es algo a lamentar, sino a tener en cuenta. Es por ello que considero importante señalar la distorsión, muy patria, a la hora de seguir sus pasos. Es importante que analicemos las claves usadas por King.
Tampoco pretendo incitar a la gente a que ambiente sus obras en determinados escenarios (sería absurdo cuando yo mismo no he vivido los escenarios estándares que, a priori, se supone que deberíamos reproducir), sino, más bien, que tengan cuidado con sus elecciones: tan acartonado puede resultar un vetusto castillo sacado de la tradición de la novela gótica como una casa en un bosque de Nueva Inglaterra, por muy actual que sea.

Por último, hemos de asumir también que los tiempos han cambiado y que se han abierto vías que permiten escapar de influencias monolíticas como las de mi generación. Si en nuestra adolescencia la televisión y el cine marcaban una pauta unilateral seguida por el mercado editorial, a día de hoy, con Internet y los formatos digitales, se abren numerosos senderos inexplorados.
Día a día se va cimentando el nuevo horror hispano. A mi entender tan triste sería volver la espalda a esta fase King como, hasta cierto punto, parece que se hizo con la etapa Bécquer, que a veces parece sepultada en el olvido. Quizás vaya siendo hora de hacer síntesis, como algunos autores están consiguiendo, para construir algo nuevo y propio.

Juan Ángel Laguna Edroso


La última llamada: “Cell” o el Apocalipsis según King… Otra vez

Lunes, abril 4th, 2011

Cierro los ojos y… Soy Stephen King. Mi cerebro es una autopista, ¡qué digo! Una telaraña de ellas, una amalgama que, a vista de pájaro, dibuja complicadas figuras fractales más no carentes de hermosura. Es más, son realmente bellas.

Elijo mi vehículo, un barco. Sus velas están tejidas con luz de arco iris; las cuadernas, sus costillas de pez falso, no son de madera sino de hueso, del hueso de una criatura gigantesca que sólo vive al oeste de las montañas blancas, bajo el lecho del lago; sus gruesos cabos, tripas embutidas en cuero negro y, no, no hay quinqués derramando óvalos naranjas de tranquilidad entre las tinieblas de la cubierta. Recordad, las velas eran de arco iris; además, siempre llevo un par de duendes luciérnaga en el bolsillo. Por si las moscas son voraces.

Me acerco a babor y aspiro el aire marino del crepúsculo, que estremece los pelillos de mi nariz con su fragancia ocre y picante. En el oeste, el sol corta una v rojiza sobre una mole negra y oscura. Incluso desde aquí las flores del jardín sangran sus pétalos bermejos. De pronto, escucho un sonido lejano, es como el chirrido de una náyade forzada por un fauno con suerte; no, es algo distinto. Es un móvil. Una sonrisa se esboza en mi rostro.

Subo las escaleras de dos en dos mientras Matías, mi loro mollejudo, se tambalea sobre mi hombro expeliendo unas blasfemias que harían enrojecer al más curtido de los ancianos de Derry. Pronto, mis manos aferran el timón y viro a barlovento, sobrevolando la alambicada caligrafía de asfalto. ¡Ya tengo otra más en el bote, Roland! Hemos vencido otra vez…

Supongo que si el propio King pudiera contarnos ¿Cómo? Sería más interesante y habría más tacos, aunque, ¡qué más queréis! Si hasta había un loro deslenguado y mollejudo. Pero no estoy aquí, porque todos dejamos algo de nosotros mismos en estas palabras, para fabular con entelequias del todo imposibles sin nacer de nuevo y asumir los tratos ventosos de una asistenta latina; por no hablar de tener que despellejarse las manos limpiando sábanas apestosas en una lavandería industrial.

No, estoy aquí para hablaros de “Cell” la última novela (ya no, pues es “Dumakey”, y seguro que si tardo demasiado brotan más, como champiñones en un temporal) de ese genio al que le resbalan los epítetos: Stephen King. ¿Qué se le ha ocurrido esta vez? Pues hombre, para saberlo todo, mejor leerse el libro, que además está baratito y en bolsillo. Pero podemos hablar un poco de él sin fastidiarlo, no os preocupéis.

La dedicatoria de esta nueva obra se dirige a dos maestros de la fábula apocalíptica: Richard Matheson y George A. Romero. Escritor y guionista el primero, guionista y realizador el segundo, ambos han destacado por ese subgénero maravilloso, dentro de la familia numerosa de lo terrorífico, que se denomina, con acertado pragmatismo, “de zombis”. Pero, ¿hay zombis en “Cell”? Sí y no. Mejor contestemos la pregunta con otra pregunta (es más fácil).

¿Hay zombis en “28 días después” y en su continuación, “28 semanas después”? ¿Hay zombis en “Soy Leyenda” o “Rec”? ¿Qué es un zombi? Si nos limitamos a decir, muerto viviente, nos quedaremos cortos. No hace falta, realmente, que un zombi esté muerto. Zombi alude a un look visual más que a una definición restrictiva de monstruo de ultratumba. Es más importante su estética raída, sus jirones de piel pútrida y colgante y sus ojos enrojecidos que su condición de finado.

Con esa idea en mente King saca su desatornillador y le da una vuelta de tuerca al asunto. O un par, para estar satisfecho. Móviles, no un virus biológicamente alterado por una potencia mundial o una organización terrorista islámica. Dejémonos de tonterías. Móviles, esos son los instrumentos del diablo para desatar el horror.

En esto tiene mucho que ver la tirria que le tiene el señor King a dichos aparatejos. No tiene ni uno. Ni él ni Tabitha, su señora esposa. Así que a King se le ocurre, no sé si decir ya que increíblemente, utilizar los móviles como vector de una plaga que enloquece a las personas y las convierte en furiosos entes sin seso. ¿“Sin seso”? No puedo ni quiero entrar en detalles, pero dejemos esos signos de interrogación bien puestecitos, para que el cosquilleo de la lectura vigorice sus ojos aburridos de tanto debate inane y sus consecuentes ecos en nuestras cadenas públicas.

En cuanto a los personajes, clave fundamental de por qué Stephen King es Stephen King, esta vez el maestro se ha decantado por un dibujante y guionista de cómic que acaba de viajar a Boston para firmar un suculento contrato que le permitirá olvidarse de sus posibles problemas económicos para siempre; a parte de, tal vez, conseguir rellenar la zanja que lo ha separado recientemente de su mujer, que veía en su afición una loca aspiración de adulto por los sueños adolescentes. Por cierto, se llama Clayton Riddell.

De camino a su vehículo, Clayton sentirá el antojo de celebrar con un helado su reciente éxito profesional. Pero, mientras espera en una cola en la que lo preceden dos adolescentes —«el duendecillo rubio y el duendecillo moreno» susurra, socarrona, la mente del artista— y una señora más bien entrada en años, los móviles comenzarán a vibrar, con su molesto silbido de avispas y su rechinar polifónico. Y sí, el “Oh, mierda”, está a la vuelta de la esquina.

Un largo viaje y un conjunto de personajes inolvidables, personajes a pie de calle, como tú y como yo, querido lector, le esperan a Clay, eso y los “telefónicos”, sus zombis hijos de las ondas que dan bastante más miedo que cualquier cabritillo sediento de sesos recién despertado de su pijama de pino.

Y poco más hay que decir. No vamos a hablar de técnica literaria con el señor King, porque resumirla en un párrafo sería ridículo y tirarnos veinte páginas un soberano coñazo. Así que dejémoslo en cómprense Cell, acérquense a su butaca favorita y a leer, a leer hasta que el día sea noche y día, y noche y día… Bueno, descansen de vez en cuando. Sino pueden, vayan pensando en el orinal.

Por: Ángel Luis Sucasas Fernández