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Los “40 Principales” de la Horror Writers Association

Jueves, mayo 10th, 2012

Hace 16 años, los compañeros de la HWA (Horror Writers Association) se pusieron de acuerdo para crear una de las listas clave a la hora de introducir en la lectura del horror al nuevo público, o simplemente para familiarizarse con algunos de los clásicos y los “superventas” de la ficción oscura.

Por lo tanto es una lista peculiar, complementaria a sus famosos premios Bram Stoker, realizada por votación dentro de los integrantes de la HWA en 1996, donde evidentemente faltan las últimas publicaciones del género de los últimos años e incluso algunas de estas obras ya estarán descatalogadas, pero no deja de ser una recopilación estupenda que cualquier aficionado al género deberá tener en cuenta a la hora de revisar su biblioteca personal.

Así pues, durante las próximas semanas, los miembros de Nocte nos pondremos manos a la obra para analizar y comentar la mayoría de las obras aquí presentes, trayéndolas al autor que aún no se atrevió con ella o, simplemente, quiera saber un poco más de unas obras imprescindibles del terror.

Sin más historias, os dejo con dicha lista, con sus títulos originales y confeccionada por orden alfabético:

  • Best Ghost stories de Algernon Blackwood
  • The Exorcist de William Peter Blatty
  • Something Wicked This Way Comes de Ray Bradbury
  • Lost Souls de Poppy Z. Brite
  • The Hungry Moon de Ramsey Campbell
  • The Between de Tananarive Due
  • Darklands de Dennis Etchison
  • Raven de Charles L Grant
  • Dead in the Water de Nancy Holder
  • The Haunting of Hill House de Shirley Jackson
  • The Lottery and Other Stories de Shirley Jackson
  • Turn of the Screw de Henry James
  • The Ghost Stories de M.R. James
  • Dr. Adder de K.W. Jeter
  • The Metamorphosis and Other Stories de Franz Kafka
  • Pet Semetary de Stephen King
  • The Shining de Stephen King
  • The Stand de Stephen King
  • Skin de Kathe Koja
  • Dark Dance de Tanith Lee
  • Conjure Wife de Fritz Leiber
  • Rosemary’s Baby de Ira Levin
  • Songs of a Dead Dreamer de Thomas Ligotti
  • Lovers Living, Lovers Dead de Richard Lortz
  • The Dunwich Horror and Others de H.P. Lovecraft
  • At the Mountains of Madness de H.P. Lovecraft
  • The Hill of Dreams de Arthur Machen
  • Tales of Horror and the Supernatural de Arthur Machen
  • Sineater de Elizabeth Massie
  • I Am Legend by Richard Matheson
  • Relic by Douglas Preston and Lincoln Child
  • Frankenstein by Mary Shelley
  • Book of the Dead edited by John Skipp and Craig Spector
  • Ghoul by Michael Slade
  • Vampire Junction by S.P. Somtow
  • The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde by Robert Louis Stevenson
  • Dracula by Bram Stoker
  • Some of Your Blood by Theodore Sturgeon
  • Phantom by Thomas Tessier
  • Sacrifice by Andrew Vachss

 


La mente, al alma y el terror: un breve panfleto

Viernes, julio 22nd, 2011

Introducción

Alma, mente, espíritu, consciente, inconsciente, conciencia… conceptos transcendentes, de límites imprecisos, lugar abonado para el juego del fantástico y el miedo. El terror hurga en las fronteras, en los límites; saca partido de la confusión; lo indeterminado o indefinido son terreno abonado para el surgimiento de creaciones cuyo objetivo es estremecer o conmover las cuerdas que mantienen tenso nuestro equilibrio emocional.

Como bien sabemos, aún hoy el mundo de la mente es una gran incógnita. Ya sea mediante un acercamiento psicológico o fisiológico, todavía queda un universo por descubrir, siendo los interrogantes superiores en número a las respuestas. Al conocimiento preciso se opone un espectro de teorías, de experimentos, de interpretaciones, que no logran darnos una visión holística y clara del conjunto, sino una serie de perspectivas e interpretaciones individuales, fuertemente sesgadas, objeto de polémica, sujetas a un continuo devenir.

Y claro, si dejamos de lado  el método científico y entramos en el universo de la religión o el de la filosofía, todavía emborronamos más el papel, ya no solamente si nos referimos a un aspecto ético o mortal, sino, por ejemplo, el más simple de la teoría del conocimiento, la relación de nuestra mente y la realidad que nos rodea.

Así pues, la literatura, el cine, la creación en general y en particular aquella que lleva colgado el marchamo de lo terrorífico, encuentra en este galimatías, en este pozo oscuro un fértil semillero de ideas a desarrollar.

En este artículo desarrollaremos un simple ejercicio de diletantismo, es decir un acercamiento personal y limitado que despierte en el lector la curiosidad que todo buen merodeador de la cultura del terror debe poseer. Y digo limitado por el simple hecho de que a toda creación se le puede evaluar y estudiar tomando como referente algunos de los términos y conceptos relacionados con este universo. Así que este autor, desde su humildad e ignorancia se detendrá en ideas, títulos y autores completamente subjetivos, no sin invitar a quien lea estas letras a que realice el ejercicio de extender la visión más allá, hacia su propia biografía cultural, gustos e inclinaciones.

Egipto, Centroeuropa, el Cristianismo.

Antes de que ningún ser humano descubriera el arte de fabular por placer, la esfera de lo divino ocupaba todos los ámbitos de la existencia y el pensamiento. Ponernos a hablar aquí de las diversas soluciones y doctrinas con respecto al alma, la mente y el espíritu nos llevaría miles y miles de folios, por ello nos remitiremos a unos pocos casos especiales y de cierta relevancia en la creación artística. Hablaremos de le religión en el Antiguo Egipto, algunas creencias acerca del alma en la mitología centroeuropea y de la presencia ubicua de la religión judeocristiana.

Poco hay que decir de la influencia del exotismo y el atractivo de la civilización del Nilo en el arte en general y en la literatura y el cine. Hablar de la concepción del ser humano para los antiguos egipcios es entrar en un complicado conglomerado de diversos principios vitales y espirituales —ka, ba, ib, aj ren, sheut…—. Los forjadores de ficción suelen sobrevolar la superficie de este proceloso océano de conceptos, simplificando al máximo os términos, centrándose en la parte más espectacular, la victoria de la vida sobre la muerte, la vuelta al mundo de los vivos del difunto, en particular bajo la sombría figura de la momia. Tenemos acceso a cientos de cuentos y filmes donde esta figura, entre aterradora y tierna, toma el protagonismo —le generación del pulp y antes muchos escritores del romanticismo fueron tentados por el Antiguo Egipto. En el fondo nos encontramos siempre con el mismo trasunto, el apego a la existencia vital a través de los tiempos, ya sea a través de la posesión y la codicia, el amor o el odio. Son una serie de fuertes emociones y deseos los que hacen que la vida perdure de forma corrupta y retorcida, apegada a lo material ya descompuesto. La muerte marca el alma de forma indeleble, la dota de una pátina monstruosa de la que es imposible escapar, y ni el amor ni ninguna otra acción pueden demoler esta contaminación. Quizá el terror inserto en este personaje no sea el que nos produce la empatía que sentimos con sus víctimas, sino ella y por ende nosotros mismos como víctimas trágicas, el terror a que ese deseo universal de trascendencia, de pervivencia, sea tan sólo un regalo envenenado, un pacto con el diablo del que nada bueno puede surgir. La antología publicada por Valdemar en su colección Gótica, La maldición de la momia, es un estupendo escaparate que nos muestra una variedad casi interminable de obras relacionadas con este tema.

La literatura romántica y por desarrollo posterior, buena parte de la fantástica posterior se vio influenciada por ciertos conceptos obtenidos de las creencias y la mitología centroeuropea —nórdica y germánica— en relación al alma y la división esencial del ser espiritual de ser humano. Fruto de esta influencia obtenemos dos paradigmas fundamentales como son el del doble y quizá, como expansión de éste, el de la parte animal subyacente en todo ser humano. El doble o Doppelgänger llega a su cumbre dentro de la literatura con el Romanticismo. El doble es sinónimo de tragedia, de muerte, la leyenda nos dice que ver al propio gemelo, el gemelo malvado, como también se le denominaba, era un augurio de la propia muerte. Cuando hablamos del doble no lo debemos tomar en un sentido estrictamente material, hablamos de una parte del propio ser disociada, un barrunto de la muerte en el que el ser se adelanta a su propia desintegración, en el que cada una de las partes que compondrían dicho ser escapa como lo harían las ratas de un barco ante el inminente naufragio. Una de las extensiones del concepto mítico de doble de las creencias germánicas, no tan trágica, es la del hombre animal. La transformación, no sólo física, sino mental y espiritual del hombre en bestia, o si queremos decirlo de otra forma, el dominio de el lado animal del alma sobre la propia realidad fisiológica: nos encontramos ante el germen del mito de los hombres bestia, desde los Bersekers, luchadores reales en los que la esencia brutal del animal aparece para hacerlos invencibles en la guerra —, hasta los hombres lobo, hombres oso y si nos atrevemos a ir a otras culturas como al africana y la japonesa, los hombres hiena y las mujeres raposas—. Cuando el creador de terror recurre a estos arquetipos, entonces recurre a dos de los miedos ancestrales por excelencia, el primero el miedo a la Naturaleza todopoderosa, el segundo el miedo al instinto en conflicto con la razón,  la lucha de la espontaneidad con el control de las emociones: recordemos Lokis, el hombre oso, de Merimee. Nadamos, usando una terminología muy posterior, en el oscuro océano del inconsciente colectivo, retrocedemos a los tiempos en los que nuestra debilidad frente al entorno nos aterraba, nos apocaba, cuando la Naturaleza se cobraba en nosotros su tributo, cuando la muerte era algo innato a la vida, que nos acechaba en cualquier rincón del sendero —cualquier relato de Algernon Blakwood, de los ambientados en los inmensos bosques del norte o no, posee esa fuerza de sugestión: El Wendigo, el campamento del perro, antiguas brujerías… También la Naturaleza más oscura se apodera del propio hombre lo individualiza, lo transforma y le hace perder esa humanidad que en el fondo no es sino una educación, una socialización, una sublimación de sus instintos en aras de la convivencia pacífica. El cine no ha sido ajeno con sus interminables ciclos dedicados al Hombre lobo, sin olvidar a Tourneur y su espléndidas Mujer Pantera y su continuación, paradigmas de ese desencuentro fatal entre nuestro ser racional y el oscuro residuo supersticioso de lo animal.

Para cerrar este capítulo referente a las creencias, no es imposible dejar de abordar la concepción judeocristiana del alma, pues es quizá uno de los elementos que mayor influencia ha tenido en la creación artística y el terror. Sobre esta concepción se sustentan todas las creaciones relacionadas con la posesión, con el ataque de las fuerzas del Demonio, con su apetito por ese alma, elemento inmortal y divino que hace al hombre como tal. El alma es la parte fundamental de nuestro ser, el cuerpo es corrupción, un accidente necesario en nuestro camino hacia el Paraíso y la resurrección de la carne. Perder el alma es perder la identidad, la libertad como posibilidad aplicable sobre uno mismo. No sólo nos enfrentamos a la muerte como origen del terror, un miedo más atávico y profundo enmarca la literatura y el cine que juega con este elemento, es perder algo más que la vida: es el dolor, el castigo eterno: la presencia de una entidad superior a nosotros capaz de trastocar el curso natural de las cosas, el miedo a lo trascendente, al mal absoluto capaz de corrompernos entrando y poseyendo lo más íntimo de nosotros. Las escenas descritas en El exorcista, tanto en el libro como en el film poseen una fuerza desbocada que punza los cables adecuados. Cualquier libro de fantasmas salido de un pluma occidental bebe de este misterio, de este miedo.

Jeckyll y Hyde, el precurso.

Hay un hito en la literatura fantástica y de terror, hito relacionado con la visión del ser humano y su interior, su yo moral, y si queremos ir algo más allá, prefiguraciones de un concepto emergente como es el de la interpretación psicológica.

Son apenas unos pocos años los que separan la publicación de la novelita de Stevenson de la presentación al público por parte de Sigmund Freud de su teoría psicoanalítica. Podemos ver el rastro del doble merodeando por ahí, no debemos olvidar que es un símbolo de significación poderosa, un elemento fuertemente arraigado en nuestro subconsciente y con una prefiguración negativa muy clara.

Hay diversas formas de interpretar la novela de Stevenson. Conflicto o dualidad moral, precurso de las futuras teorías del psique. En el fondo nos encontramos ante un tipo de horror que ya preexiste en términos generales desde hace tiempo, pero que explotará en todo su esplendor en siglos posteriores, es el miedo a lo diferente, a la aberración en lo íntimo; cuando la diferencia estriba en la psique: el terror al perturbado, al psicópata, a nuestro otro yo —deseos reprimidos, frustraciones— maniatado en el subconsciente, o a la enfermedad pura y dura que desvirtúa la normalidad. En el fondo es la evolución del miedo al monstruo llevada a una de las partes esenciales que conforman nuestra humanidad: la psique. Y esto además conforma una nueva regla, inquietante en su esencia: cualquiera puede serlo, no hay evidencias físicas que nos avisen de la diferencia, del peligro; todos podemos ser, llevar dentro, un monstruo que puede aparecer en el momento más inoportuno. Obviamente ha habido otras obras precedentes que poseían el mismo marchamo, pues el concepto de enfermedad mental ya existía de antemano —Recuerdo con especial cariño, Una vuelta de tuerca, de James, donde la locura juega un papel esencial, también El retrato de Dorian Grey, de Wilde, Los elixires del diablo, de E.T.A Hoffmann—. Pero es a partir del surgimiento y pòupularización de las teorías psicoanalíticas, interpretaciones de psicológicas, y sus posteriores evoluciones y escisiones, cuando este tipo de terror gana en carisma y efectividad: Suyo afectísimo Jack el destripador y, Psicosis de Robert Bloch, American Psycho, de Breaston Ellys, La mitad oscura de King… y toda esa caravana de películas para adolescentes como Viernes 13, Helloween, Saw..etc. son ejemplos claros y de desigual calidad.

La mente la materia, el espacio y el tiempo.

No hace falta insistir demasiado en que el dominio de la materia por parte de esta misma mente ha dado juego  a muchas interesantes creaciones, como por ejemplo el clásico La verdad sobre el caso del Señor Valdemar, de Poe, donde la materia es el propio cuerpo, llegando a la moderna película Scanners de Cronenberg donde este dominio por parte de un grupo de psíquicos puede llagar a  ser devastador. Hablamos del miedo de nuevo a lo desconocido, a algo que no comprendemos y que resulta ser más poderoso que nosotros, es el miedo al extraño que no sólo es distinto, sino también superior y mejor evolucionado.

Pero sigamos por el camino del tiempo y el espacio, una senda pintoresca que ha dado como resultado algunos relatos maravillosos: Los perros de Tindalos de Frank Belknap Long, La estancia oscura, de Leonard Cline o la película Viaje alucinante al fondo de la mente, interpretada por William Hurt.

En todas hay un denominador común. Los protagonistas estimulan algunas de las capacidades, supuestamente ocultas de su mente con el objeto de superar las barreras del tiempo y el espacio. Ya sea mediante disciplinas chamánicas, productos químicos, oscuros rituales En todas la experiencia produce consecuencias nefastas en los personajes, ya sea porque despierta la atención de peligrosos guardianes, como porque surjan efectos secundarios que afectan a la fisiología y a la psicología del sujeto.

Estas creaciones nos acercan a un terror anómalo, extraño. Sí, es un miedo a lo desconocido, pero no tan desconocido; en el fondo es la eterna búsqueda de la verdad, el equivalente científico de esa otra búsqueda religiosa o mística de la trascendencia. Una búsqueda plagada de trampas, de pozos oscuros. Hablamos del horror cósmico en una de sus múltiples facturas. La naturaleza, la realidad contiene secretos que se niegan a ser descubiertos o, como en una sutil perversión de la experiencia cuántica en la que una medida modifica el estado de lo medido, en según que casos una búsqueda de la verdad termina por modificar la propia realidad del que busca. Un ejemplo,  excepcional a mi entender, es la novela de Stepehn King La zona muerta, donde además se desarrolla el elemento paranormal de dominio del tiempo por la mente, la capacidad de evocar el futuro y por lo tanto el terror ante la posibilidad de un determinismo brutal, sin salida, en el que aquello que está escrito ha de suceder hagamos lo que hagamos: la mente como receptor del destino.

Y si de horror cósmico hablamos, entonces no debemos olvidar mencionar a su creador, el maestro Lovecraft, y en relación a la temática de este artículo, citar admirados algunos de sus relatos, como por ejemplo En la noche de los tiempos, donde se produce un intercambio mental entre un ser humano y un ente cósmico; o el estupendo El que susurra en la oscuridad, donde las mentes son extraídas y enaltadas literalmente. Lovecraft se olvida de lo esotérico y sobrenatural, convoca un horror casi tecnológico que estremece aún hoy

Conclusión

Y así, sin parar, podríamos continuar navegando, entresacando elementos relacionados con el universo de lo mental, de lo psíquico. Como ya he dicho, el terror gusta de moverse en las fronteras sin determinar, allí donde la incertidumbre permite a nuestro control racional agrietarse, permitiendo el paso a posibilidades no evaluadas y perturbadoras. Por fuerza había que elegir  y simplificar. Espero que este vuelo en corto sea un acicate, un disparador para entender la literatura de terror como un concepto más amplio que el de un conjunto de historietas para dar miedo a niños o satisfacer a adolescentes de hormonas hirvientes.

José Mª Tamparillas
para el nº3 de la revista “Cthulhu”


Las tres leyes del terror de M.R. James

Domingo, mayo 8th, 2011

Un breve artículo sobre las claves del terror que nos dejó este maestro de las ghost stories.
Montague Rhodes James (que no Míster James, que pensará alguno, y al que tampoco hay que confundir con Henry James, autor de Otra vuelta de tuerca) fue un erudito escritor del siglo XIX, al que conozco, como imagino que muchos otros, por sus famosos cuentos de fantasmas. Este género, que es uno de los más populares en la vecina Inglaterra, fue cultivado con mucho acierto por el autor, hasta el punto de ser considerado un grande por el propio H.P. Lovecraft. Seguramente por su formación académica, en algún momento M.R. James enunció tres normas esenciales a las que debería ajustarse un buen cuento de fantasmas.
Estas normas, sobre las que reflexionaré un poco a lo largo del artículo, deben entenderse dentro de su contexto: fueron consignadas en el siglo XIX y pensadas, o extraídas, de la experiencia del autor con los relatos espectrales, un formato y un género muy concretos. Es posible, por tanto, que a priori nos pueda parecer que tendrán poca vigencia a día de hoy, y por ello nos sorprendamos al ver que siguen teniendo mucho peso, incluso más allá del relato gótico de fantasmas. Después de todo, el arte narrativo tiene muchos elementos fundamentales comunes.
Veámoslas una a una:

La historia debe tener un marco moderno, para acercar la experiencia al lector.

Esta primera norma es, quizás, la más intuitiva y más difícil de poner en duda. Aunque muchos textos de terror ahora nos parecen “de época”, lo cierto es que tenían una ambientación contemporánea en su momento: es algo que no hay que perder de vista. No obstante, esto no quiere decir que se restringieran a entornos vulgares. La tradición del relato gótico explota exahustivamente castillos, ruinas, monasterios y otros escenarios que eran exóticos en su momento. La propia norma de M.R. James haría que sus relatos (o los de Poe, o los de Lovecraft) hubieran quedado obsoletos, y es por ello que creo que “marco moderno” es quizás más conveniente ajustarlo a “marco cercano”.
Una historia de terror (o una en general) funciona al ganarse la atención del lector. Esto se puede conseguir por empatía o por fascinación. En el caso del terror, es conveniente la primera, pues tendemos a preocuparnos más por un personaje que nos resulta cercano, de algún modo, que por uno que, simplemente, nos parezca interesante. En cierto modo, el lector tiene que ser capaz de ponerse en la piel de los protagonistas.
En el siglo XIX, pocos lectores eran capaces de abstraerse hasta un escenario que no fuera próximo en el sentido geográfico y cultural de la palabra, pero en la actualidad tenemos acceso a tal flujo de información que esto ha cambiado. Del mismo modo que somos capaces de viajar -mentalmente- a otras épocas, lo somos también de movernos en el espacio. Esto hace que el término “cercano” se haya desdibujado hasta cierto punto según las circunstancias de cada cual. No obstante, sigue siendo muy relevante: sólo es necesario fijarse cómo muchas veces una adaptación estadounidense de una película asiática toca a más espectadores europeos porque conocemos más su cultura, nos parece más cercana.
En definitiva, esta norma hace referencia a que el lector debe poder conectar con los personajes, con el marco en el que se desenvuelven, para poder angustiarse con los sucesos narrados.

Los fenómenos espectrales deben ser malévolos más que beneficiosos, pues se busca provocar el miedo.

Esta segunda norma habla por sí sola: si quieres asustar al lector, y te has ganado con tus personajes su simpatía, es más fácil ser efectivo si lo que pasa, o lo que se les viene encima, es negativo. Se podría abrir un inciso contemplando el tema de la saturación de horror, que es algo muy de nuestra época (y quizás injustificadamente; después de todo, en la Inglaterra del siglo XIX podían encontrarte ahorcados en carne y hueso), pero creo que esto depende más del punto anterior: mantener la suspensión de la credulidad. A veces, cuantos menos elementos, y más tarde su aparición, mejor. El terror reposa en gran medida en la expectación creada.
No obstante, a mí me gustaría pararme en dos puntos que podemos captar entre líneas: el primero, que M.R. James recurre como lógico a lo sobrenatural; el segundo, que implícitamente no descarta que los fenómenos no sean malévolos.
Podríamos pensar que en su época la gente era más crédula y que, por lo tanto, podían asustarse más fácilmente con fantasmas que los lectores contemporáneos. Si nos paramos a pensar en que los lectores decimonónicos tenían necesariamente una cierta cultura (pues no todo el mundo sabía leer) y en las circunstancias sociopolíticas (bandidaje, asesinatos, mala iluminación pública -si existía-, piratería, raqueros, etc.) cuesta trabajo creer que tuvieran más miedo del lobo feroz, aunque creyeran en él, que de los peligros mundanos. El poema Fantasmagoria de Lewis Carroll es un buen ejemplo a este respecto.
¿Cuál es el papel entonces del fenómeno espectral? A parte de la propia tradición -no olvidemos que M.R. James circunscribe estos consejos al ámbito del cuento de fantasmas-, el elemento sobrenatural permite vulnerar la ordenada vida victoriana con algo misterioso y oscuro sobre lo que ni siquiera la razón es capaz de arrojar luz. En nuestra sociedad tecnológica, heredera de la suya, es fácil entender esta ruptura. De hecho, es fácil incluso entender que el fenómeno no tiene por qué ser maligno -eso dependerá del cierre de la historia- para causar inquietud y temor en el lector. Muchos autores, de hecho, han sido capaces de ponernos los pelos de punta con las advertencias espectrales dirigidas a salvar a los protagonistas.

Debe evitarse escrupulosamente la jerga técnica del “ocultismo” con objeto de no ahogar la emoción directa que suscita la historia

La tercera norma dejará perplejo a más de uno. ¿Jerga técnica del ocultismo? ¿Quiere decir que los autores de la época tenían sólidos conocimientos sobre lo que escribían o que, al menos, se documentaban? Aunque muchos escritores hayan perdido esta buena costumbre, sí que es un problema que puede seguir presente. Sería improbable que alguien rompa el ritmo a día de hoy con un latinajo cuando aparece el malo final enumerando su especie ectoplásmica; de hecho, las resonancias crípticas de, por ejemplo, un ritual de exorcismo en latín pueden acrecentar la sensación de temor, de ente extraño invadiendo nuestro entorno seguro y natural.
No obstante, se sigue pudiendo patinar en tecnicismos paralelos. Aunque éste es un problema más extendido en la ciencia ficción o el relato histórico, el autor de terror no debe bajar la guardia: si el lector pierde la pista a lo que están contando, la intensidad de los temores que le transmitirán será menor. Una historia de terror es algo visceral, y el lector debería poder conectar con ella directamente. Si el autor le tiene que razonar y explicar por qué es aterrador lo que está leyendo, mal vamos.
El terror es algo ancestral, es un instinto que nos ha mantenido con vida desde la noche de los tiempos. Es lo que nos aleja de la oscuridad, de las grutas estrechas, del fondo del mar… de los sitios, en definitiva, donde nos sentimos indefensos. Es algo universal y eterno, y basta con un mera sugerencia para que resurja en nuestras tripas. Es por ello que los consejos de M.R. James siguen estando vigentes, porque hoy, como hace doscientos años, el ser humano sigue sintiendo un escalofrío cuando le dicen que algo oscuro ha entrado en su pequeño refugio cotidiano, y decide creérselo… siempre y cuando, claro, no le saquen de la historia con una explicación a destiempo.

Nota del autor.- La redacción de las normas esenciales a las que debería ajustarse un cuento de fantasmas está extraída de Más historias de fantasmas de un anticuario (Valdemar), cuya traducción corrió a cargo de Francisco Torres Oliver.

 

Juan Ángel Laguna Edroso


Dejando entrar al monstruo

Sábado, abril 16th, 2011

Breve reflexión sobre un tabú vampírico que siempre me ha resultado tremendamente ridículo: la necesidad del chupasangre de ser invitado para entrar en casa de las víctimas.

Siempre he creído que es importante echar la vista al pasado a la hora de escribir, ya que hay grandes claves escondidas tanto en los textos clásicos como en el mismo folklore que pervive en nuestro imaginario popular. En alguna otra ocasión, de hecho, he escrito ya sobre elementos de este acervo que de tanta utilidad puede resultar; hoy me centraré en uno que me ha intrigado largamente por considerarlo tan pueril como incomprensible, y al que por fin he creído encontrar el sentido: el tabú que impide a los vampiros entrar en una casa si no han sido invitados.

Hay que reconocer que, a priori, resulta bastante peregrino el concepto. Y no precisamente porque reste efectividad al monstruo, puesto que, narrativamente, da mucho juego en combinación con un elemento ineludible en este género literario: la estupidez humana. Todos recordaremos vívidamente la sensación que provoca saber que un personaje está haciendo lo que no debe sin que podamos evitarlo, ya sea bajar a un sótano con una vela o bajar del coche cuando se cala en mitad del bosque. Es como paladear la debacle antes de que se genere.

No, este tabú resulta peregrino por ser una limitación al vampiro, sino porque no queda muy claro de dónde sale semejante idea, a qué responde. Del mismo modo que asumimos rápidamente que la plata, como símbolo universal de pureza, sea una buena arma contra los seres de las sombras, o que un crucifijo encarne la fe que puede mantener a raya a las tinieblas, aceptamos que un vampiro tenga que evitar la luz solar o que no pueda atravesar un curso de agua -símbolo de la vida que fluye-. Pero, ¿de dónde demonios sale lo de requerir una invitación para entrar? Desde luego, no de la aristocracia de Drácula -no es una cuestión de etiqueta- ni de su efectividad como elemento narrativo con el que crear tensión -que sería consecuencia, en cualquier caso, no causa-. El origen, como cabía esperar, está en algo ancestral.

Me di cuenta este verano, tras leer dos novelas en particular. Una, Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, desenterró la cuestión al rescatar este tópico del vampirismo dentro de una trama por lo demás bastante novedosa; otra, Blaze, de Stephen King, me dio la clave para interpretar ese particular tabú al desubicarlo del contexto vampírico.

En un momento dado de la novela del autor de Maine nos encontramos con un personaje de gran corazón dispuesto a adoptar en su familia a un huérfano procedente de una institución, digamos, conflictiva. Como lectores, sabiendo cómo en semejante trama las cosas se tuercen siempre que pueden, sabemos que está a punto de cometer el error que anhelan los vampiros: va a invitar a entrar en su hogar al monstruo.

No me refiero a que el monstruo sea el chico en sí -que claramente aparece en la novela como una víctima más- sino a que éste es el portador de los problemas, del “mal” si queremos optar por un discurso maniqueo, y a que una vez “dentro”, integrado en la familia -como término concreto de uno más amplio: la realidad de la persona que abre su casa-, ya no podrá salir. Al menos, no fácilmente.

Éste es el significado que encuentro en la necesidad de ser invitado que tiene el vampiro. El mensaje es claro: si te atrincheras en tu casa, en tu reducto personal, los monstruos se quedarán fuera. Sólo los ingenuos y los imprudentes abren sus puertas y vulneran la seguridad de ese espacio que establecimos, ya en la edad de piedra, en las cavernas, amparados por el fuego.

Es un tabú maquiavélico, porque todos sabemos que, en el fondo, nadie puede vivir aislado en su burbuja, negándose a invitar a cualquier persona que no sea él mismo -porque de fiar, al 100%, no hay nadie, como nos recuerdan estas novelas-. Como seres gregarios que somos, no podremos evitar vulnerar nuestra defensa, arriesgándonos a que el vampiro, libre de la restricción, se aposente en nuestros dominios quién sabe con qué funestos resultados.

Y es precisamente en esa dualidad que finge acotar mucho el ámbito del monstruo, cuando en realidad le deja tantas puertas abiertas, donde reside la fuerza del tabú. Porque al final no sabríamos cuál es un horror peor: si vivir totalmente aislados, o dejar que el monstruo entre (sobre todo cuando unimos un segundo elemento al mito: el impulso de regresar con los seres queridos tras la transformación que sufren los vampiros). Sin duda, resulta algo inquietante, incluso para los que vivimos en una sociedad en la que las puertas se cierran con llave.

 

Juan Ángel Laguna Edroso


The Courtyard: De tentáculos y alucinógenos

Viernes, abril 8th, 2011

Una de las mejores reflexiones sobre la facilidad como contador de historias que posee Alan Moore, se encuentra en el prólogo de este libro, firmado, ni más ni menos, que por Garh Ennis (no sé si les suena un tal “Predicador”). Dicho prólogo incluye este párrafo:

“¡Y entonces escribe una novela! ¡Una novela, por el amor de dios! Qué pasa Allan, ¿tienes demasiado tiempo libre, o algo así? Y entonces, oh, oh, sorpresa. Es, como siempre, ligeramente genial ¿verdad? Voice of the Fire, a ti te voy a dar yo Voice of Fire. Y como si fuera poco ¡se toma un tiempo para convertirse en mago! ¡Un mago del Caos, nada menos! Bueno, no dejes que te paremos compadre. ¡Tan sólo recuerda enviarnos una postal cuando viajes atrás en el tiempo a la era de los dinosaurios o CAMINES POR LA SUPERFICIE DEL JODIDO SOL”

Las mayúsculas, también son verbigracia del señor Ennis. Así, a caballo entre la admiración rayana al culto pagano y la sardónica petición de que ya está bien, que los demás también tienen derecho, Garth Ennis reflexiona sobre el inabarcable talento del autor. ¿Qué se le ha ocurrido esta vez? Pues Lovecraft, nada menos.

Pero no vayan a pensarse que se ha limitado a adaptar un relato de una manera más o menos fiel, no, en sólo 48 páginas el maestro se permite el lujo de mezclar los horrores pulposos y tentaculares de H.P. con una intriga policial protagonizada por un agente, más bien racista, del FBI. Ahí es nada. Una serie de horrendos asesinatos en los que las víctimas son moldeadas hasta adquirir, mediante la mutilación y el destripamiento, el aspecto de rosas sangrientas y carnosas, se nos presenta como el detonante de la acción. Como siempre hay que estar atento a cada panel.

A Moore le gustan las historias circulares, y lo vuelve a demostrar en esta ocasión. La imagen que abre el cómic será también su cierre, recordándonos a esa extraordinaria historia sobre el origen del Joker (personaje de triste actualidad cinematográfica) que Moore se sacó de la manga bajo el título de “La broma asesina”. Si allí el motivo visual eran las gotas de lluvia golpeando el asfalto, aquí lo son los rayos del sol tejiendo una trama de sombras sobre un rostro al atravesar las persianas de un ventanal.

El estilo empleado basa toda su efectividad en el encuadre. En una decisión muy propia de Moore, aunque la adaptación a las viñetas corre a cuenta, supuestamente, de Anthony Johnston, el espacio se encuentra restringido a dos viñetas por página, verticales, que pueden fusionarse en una según lo demande la historia. En el apartado artístico un muy inspirado Jace Burrows consigue una atmósfera estimable mediante una cuidada composición del encuadre y el aprovechamiento de los contrastes que ofrece el blanco y negro.

El resultado, como lo preveía Ennis, es perfecto, subyugador en su fugacidad, si bien el nivel de profundidad de la historia no alcanza el de otros trabajos de Moore (aunque tampoco lo necesita).

En resumen, cinco euros genialmente invertidos para quién decida hacerlo.

Autores:

Alan Moore:

Genio por excelencia en esto del lenguaje secuencial, nació en Northampton el 18 de Noviembre de 1953. Suyas son muchas de las novelas gráficas más importantes del siglo veinte y veintiuno: Watchmen, V de Vendetta, Swamp Thing o Promethea son tan sólo una pequeña porción de las obras que ha publicado el genio inglés durante su carrera. Actualmente vive aislado del mundo en su mansión victoriana, cultivando su anarquismo y conocimientos de alquimia a tiempo parcial con la siempre grata tarea de escribir los mejores cómics del mundo.

Jacen Burrows:

Graduado en Arte Secuencial en el instituto de arte y diseño de Savannah, Jacen comenzó su carrera en Wildstorm como ayudante de Scott Clark. Su binomio con Warren Ellis, que ha dado lugar a series de prestigio internacional como lo son: “Bad World”, “Bad Signal” o “Scars”, le han supuesto la fama y la estabilidad en una industria cada vez más competitiva.

 

Por: Ángel Luis Sucasas Fernández