Introducción
Alma, mente, espíritu, consciente, inconsciente, conciencia… conceptos transcendentes, de límites imprecisos, lugar abonado para el juego del fantástico y el miedo. El terror hurga en las fronteras, en los límites; saca partido de la confusión; lo indeterminado o indefinido son terreno abonado para el surgimiento de creaciones cuyo objetivo es estremecer o conmover las cuerdas que mantienen tenso nuestro equilibrio emocional.
Como bien sabemos, aún hoy el mundo de la mente es una gran incógnita. Ya sea mediante un acercamiento psicológico o fisiológico, todavía queda un universo por descubrir, siendo los interrogantes superiores en número a las respuestas. Al conocimiento preciso se opone un espectro de teorías, de experimentos, de interpretaciones, que no logran darnos una visión holística y clara del conjunto, sino una serie de perspectivas e interpretaciones individuales, fuertemente sesgadas, objeto de polémica, sujetas a un continuo devenir.
Y claro, si dejamos de lado el método científico y entramos en el universo de la religión o el de la filosofía, todavía emborronamos más el papel, ya no solamente si nos referimos a un aspecto ético o mortal, sino, por ejemplo, el más simple de la teoría del conocimiento, la relación de nuestra mente y la realidad que nos rodea.

Así pues, la literatura, el cine, la creación en general y en particular aquella que lleva colgado el marchamo de lo terrorífico, encuentra en este galimatías, en este pozo oscuro un fértil semillero de ideas a desarrollar.
En este artículo desarrollaremos un simple ejercicio de diletantismo, es decir un acercamiento personal y limitado que despierte en el lector la curiosidad que todo buen merodeador de la cultura del terror debe poseer. Y digo limitado por el simple hecho de que a toda creación se le puede evaluar y estudiar tomando como referente algunos de los términos y conceptos relacionados con este universo. Así que este autor, desde su humildad e ignorancia se detendrá en ideas, títulos y autores completamente subjetivos, no sin invitar a quien lea estas letras a que realice el ejercicio de extender la visión más allá, hacia su propia biografía cultural, gustos e inclinaciones.
Egipto, Centroeuropa, el Cristianismo.
Antes de que ningún ser humano descubriera el arte de fabular por placer, la esfera de lo divino ocupaba todos los ámbitos de la existencia y el pensamiento. Ponernos a hablar aquí de las diversas soluciones y doctrinas con respecto al alma, la mente y el espíritu nos llevaría miles y miles de folios, por ello nos remitiremos a unos pocos casos especiales y de cierta relevancia en la creación artística. Hablaremos de le religión en el Antiguo Egipto, algunas creencias acerca del alma en la mitología centroeuropea y de la presencia ubicua de la religión judeocristiana.
Poco hay que decir de la influencia del exotismo y el atractivo de la civilización del Nilo en el arte en general y en la literatura y el cine. Hablar de la concepción del ser humano para los antiguos egipcios es entrar en un complicado conglomerado de diversos principios vitales y espirituales —ka, ba, ib, aj ren, sheut…—. Los forjadores de ficción suelen sobrevolar la superficie de este proceloso océano de conceptos, simplificando al máximo os términos, centrándose en la parte más espectacular, la victoria de la vida sobre la muerte, la vuelta al mundo de los vivos del difunto, en particular bajo la sombría figura de la momia. Tenemos acceso a cientos de cuentos y filmes donde esta figura, entre aterradora y tierna, toma el protagonismo —le generación del pulp y antes muchos escritores del romanticismo fueron tentados por el Antiguo Egipto.
En el fondo nos encontramos siempre con el mismo trasunto, el apego a la existencia vital a través de los tiempos, ya sea a través de la posesión y la codicia, el amor o el odio. Son una serie de fuertes emociones y deseos los que hacen que la vida perdure de forma corrupta y retorcida, apegada a lo material ya descompuesto. La muerte marca el alma de forma indeleble, la dota de una pátina monstruosa de la que es imposible escapar, y ni el amor ni ninguna otra acción pueden demoler esta contaminación. Quizá el terror inserto en este personaje no sea el que nos produce la empatía que sentimos con sus víctimas, sino ella y por ende nosotros mismos como víctimas trágicas, el terror a que ese deseo universal de trascendencia, de pervivencia, sea tan sólo un regalo envenenado, un pacto con el diablo del que nada bueno puede surgir. La antología publicada por Valdemar en su colección Gótica, La maldición de la momia, es un estupendo escaparate que nos muestra una variedad casi interminable de obras relacionadas con este tema.
La literatura romántica y por desarrollo posterior, buena parte de la fantástica posterior se vio influenciada por ciertos conceptos obtenidos de las creencias y la mitología centroeuropea —nórdica y germánica— en relación al alma y la división esencial del ser espiritual de ser humano. Fruto de esta influencia obtenemos dos paradigmas fundamentales como son el del doble y quizá, como expansión de éste, el de la parte animal subyacente en todo ser humano. El doble o Doppelgänger llega a su cumbre dentro de la literatura con el Romanticismo. El doble es sinónimo de tragedia, de muerte, la leyenda nos dice que ver al propio gemelo, el gemelo malvado, como también se le denominaba, era un augurio de la propia muerte. Cuando hablamos del doble no lo debemos tomar en un sentido estrictamente material, hablamos de una parte del propio ser disociada, un barrunto de la muerte en el que el ser se adelanta a su propia desintegración, en el que cada una de las partes que compondrían dicho ser escapa como lo harían las ratas de un barco ante el inminente naufragio. Una de las extensiones del concepto mítico de doble de las creencias germánicas, no tan trágica, es la del hombre animal. La transformación, no sólo física, sino mental y espiritual del hombre en bestia, o si queremos decirlo de otra forma, el dominio de el lado animal del alma sobre la propia realidad fisiológica: nos encontramos ante el germen del mito de los hombres bestia, desde los Bersekers, luchadores reales en los que la esencia brutal del animal aparece para hacerlos invencibles en la guerra —, hasta los hombres lobo, hombres oso y si nos atrevemos a ir a otras culturas como al africana y la japonesa, los hombres hiena y las mujeres raposas—. Cuando el creador de terror recurre a estos arquetipos, entonces recurre a dos de los miedos ancestrales por excelencia, el primero el miedo a la Naturaleza todopoderosa, el segundo el miedo al instinto en conflicto con la razón, la lucha de la espontaneidad con el control de las emociones: recordemos Lokis, el hombre oso, de Merimee. Nadamos, usando una terminología muy posterior, en el oscuro océano del inconsciente colectivo, retrocedemos a los tiempos en los que nuestra debilidad frente al entorno nos aterraba, nos apocaba, cuando la Naturaleza se cobraba en nosotros su tributo, cuando la muerte era algo innato a la vida, que nos acechaba en cualquier rincón del sendero —cualquier relato de Algernon Blakwood, de los ambientados en los inmensos bosques del norte o no, posee esa fuerza de sugestión: El Wendigo, el campamento del perro, antiguas brujerías… También la Naturaleza más oscura se apodera del propio hombre lo individualiza, lo transforma y le hace perder esa humanidad que en el fondo no es sino una educación, una socialización, una sublimación de sus instintos en aras de la convivencia pacífica. El cine no ha sido ajeno con sus interminables ciclos dedicados al Hombre lobo, sin olvidar a Tourneur y su espléndidas Mujer Pantera y su continuación, paradigmas de ese desencuentro fatal entre nuestro ser racional y el oscuro residuo supersticioso de lo animal.
Para cerrar este capítulo referente a las creencias, no es imposible dejar de abordar la concepción judeocristiana del alma, pues es quizá uno de los elementos que mayor influencia ha tenido en la creación artística y el terror. Sobre esta concepción se sustentan todas las creaciones relacionadas con la posesión, con el ataque de las fuerzas del Demonio, con su apetito por ese alma, elemento inmortal y divino que hace al hombre como tal. El alma es la parte fundamental de nuestro ser, el cuerpo es corrupción, un accidente necesario en nuestro camino hacia el Paraíso y la resurrección de la carne. Perder el alma es perder la identidad, la libertad como posibilidad aplicable sobre uno mismo. No sólo nos enfrentamos a la muerte como origen del terror, un miedo más atávico y profundo enmarca la literatura y el cine que juega con este elemento, es perder algo más que la vida: es el dolor, el castigo eterno: la presencia de una entidad superior a nosotros capaz de trastocar el curso natural de las cosas, el miedo a lo trascendente, al mal absoluto capaz de corrompernos entrando y poseyendo lo más íntimo de nosotros. Las escenas descritas en El exorcista, tanto en el libro como en el film poseen una fuerza desbocada que punza los cables adecuados. Cualquier libro de fantasmas salido de un pluma occidental bebe de este misterio, de este miedo.
Jeckyll y Hyde, el precurso.
Hay un hito en la literatura fantástica y de terror, hito relacionado con la visión del ser humano y su interior, su yo moral, y si queremos ir algo más allá, prefiguraciones de un concepto emergente como es el de la interpretación psicológica.
Son apenas unos pocos años los que separan la publicación de la novelita de Stevenson de la presentación al público por parte de Sigmund Freud de su teoría psicoanalítica. Podemos ver el rastro del doble merodeando por ahí, no debemos olvidar que es un símbolo de significación poderosa, un elemento fuertemente arraigado en nuestro subconsciente y con una prefiguración negativa muy clara.
Hay diversas formas de interpretar la novela de Stevenson. Conflicto o dualidad moral, precurso de las futuras teorías del psique. En el fondo nos encontramos ante un tipo de horror que ya preexiste en términos generales desde hace tiempo, pero que explotará en todo su esplendor en siglos posteriores, es el miedo a lo diferente, a la aberración en lo íntimo; cuando la diferencia estriba en la psique: el terror al perturbado, al psicópata, a nuestro otro yo —deseos reprimidos, frustraciones— maniatado en el subconsciente, o a la enfermedad pura y dura que desvirtúa la normalidad. En el fondo es la evolución del miedo al monstruo llevada a una de las partes esenciales que conforman nuestra humanidad: la psique. Y esto además conforma una nueva regla, inquietante en su esencia: cualquiera puede serlo, no hay evidencias físicas que nos avisen de la diferencia, del peligro; todos podemos ser, llevar dentro, un monstruo que puede aparecer en el momento más inoportuno. Obviamente ha habido otras obras precedentes que poseían el mismo marchamo, pues el concepto de enfermedad mental ya existía de antemano —Recuerdo con especial cariño, Una vuelta de tuerca, de James, donde la locura juega un papel esencial, también El retrato de Dorian Grey, de Wilde, Los elixires del diablo, de E.T.A Hoffmann—. Pero es a partir del surgimiento y pòupularización de las teorías psicoanalíticas, interpretaciones de psicológicas, y sus posteriores evoluciones y escisiones, cuando este tipo de terror gana en carisma y efectividad: Suyo afectísimo Jack el destripador y, Psicosis de Robert Bloch, American Psycho, de Breaston Ellys, La mitad oscura de King… y toda esa caravana de películas para adolescentes como Viernes 13, Helloween, Saw..etc. son ejemplos claros y de desigual calidad.
La mente la materia, el espacio y el tiempo.
No hace falta insistir demasiado en que el dominio de la materia por parte de esta misma mente ha dado juego a muchas interesantes creaciones, como por ejemplo el clásico La verdad sobre el caso del Señor Valdemar, de Poe, donde la materia es el propio cuerpo, llegando a la moderna película Scanners de Cronenberg donde este dominio por parte de un grupo de psíquicos puede llagar a ser devastador. Hablamos del miedo de nuevo a lo desconocido, a algo que no comprendemos y que resulta ser más poderoso que nosotros, es el miedo al extraño que no sólo es distinto, sino también superior y mejor evolucionado.
Pero sigamos por el camino del tiempo y el espacio, una senda pintoresca que ha dado como resultado algunos relatos maravillosos: Los perros de Tindalos de Frank Belknap Long, La estancia oscura, de Leonard Cline o la película Viaje alucinante al fondo de la mente, interpretada por William Hurt.
En todas hay un denominador común. Los protagonistas estimulan algunas de las capacidades, supuestamente ocultas de su mente con el objeto de superar las barreras del tiempo y el espacio. Ya sea mediante disciplinas chamánicas, productos químicos, oscuros rituales En todas la experiencia produce consecuencias nefastas en los personajes, ya sea porque despierta la atención de peligrosos guardianes, como porque surjan efectos secundarios que afectan a la fisiología y a la psicología del sujeto.
Estas creaciones nos acercan a un terror anómalo, extraño. Sí, es un miedo a lo desconocido, pero no tan desconocido; en el fondo es la eterna búsqueda de la verdad, el equivalente científico de esa otra búsqueda religiosa o mística de la trascendencia. Una búsqueda plagada de trampas, de pozos oscuros. Hablamos del horror cósmico en una de sus múltiples facturas. La naturaleza, la realidad contiene secretos que se niegan a ser descubiertos o, como en una sutil perversión de la experiencia cuántica en la que una medida modifica el estado de lo medido, en según que casos una búsqueda de la verdad termina por modificar la propia realidad del que busca. Un ejemplo, excepcional a mi entender, es la novela de Stepehn King La zona muerta, donde además se desarrolla el elemento paranormal de dominio del tiempo por la mente, la capacidad de evocar el futuro y por lo tanto el terror ante la posibilidad de un determinismo brutal, sin salida, en el que aquello que está escrito ha de suceder hagamos lo que hagamos: la mente como receptor del destino.
Y si de horror cósmico hablamos, entonces no debemos olvidar mencionar a su creador, el maestro Lovecraft, y en relación a la temática de este artículo, citar admirados algunos de sus relatos, como por ejemplo En la noche de los tiempos, donde se produce un intercambio mental entre un ser humano y un ente cósmico; o el estupendo El que susurra en la oscuridad, donde las mentes son extraídas y enaltadas literalmente. Lovecraft se olvida de lo esotérico y sobrenatural, convoca un horror casi tecnológico que estremece aún hoy
Conclusión
Y así, sin parar, podríamos continuar navegando, entresacando elementos relacionados con el universo de lo mental, de lo psíquico. Como ya he dicho, el terror gusta de moverse en las fronteras sin determinar, allí donde la incertidumbre permite a nuestro control racional agrietarse, permitiendo el paso a posibilidades no evaluadas y perturbadoras. Por fuerza había que elegir y simplificar. Espero que este vuelo en corto sea un acicate, un disparador para entender la literatura de terror como un concepto más amplio que el de un conjunto de historietas para dar miedo a niños o satisfacer a adolescentes de hormonas hirvientes.
José Mª Tamparillas
para el nº3 de la revista “Cthulhu”