No será la primera vez que nos aproximemos a este peculiar modo de provocar espanto (nuestro repaso, piano, piano, de los Bram Stoker se detendrá en célebres títulos que lo practican), pero, dado que esta es la primera vez, conviene definir qué se entiende por terror slow-burn, cuáles son sus constantes estéticas y cómo condicionan el periplo tanto del autor en la creación como del lector en su sublimación.
Nada más fácil para entender el horror slow-burn que imaginar literalmente lo que la voz compuesta inglesa evoca (lento quemar, pausado arder). Se trata de la llama de una vela, que arde, en efecto, sin que seamos conscientes de su consumir, pero que de pronto, si nuestra atención divaga, nos dejará sumidos en las tinieblas.
Parecido rango “sufre” el lector de “The Woman In Black” (como lo sufre el de “The House of Haunted Hill” o “The Between”), pues la novela de Susan Hill nos lleva, con pulso maestro, a regiones donde el alma se consume en una angustia indefinida, prolongada e inexorable. La opresión de un paisaje inquietante, en este caso un páramo, la única presencia de la voz protagonista (pues el abogado que nos habla se encuentra prácticamente en soledad durante toda la novela) y la continua presencia de un algo más indefinible, de esa mujer de negro que se aparece de tanto en tanto sin que se defina jamás su propósito, son las concreciones de esa desazón.
“La mujer de negro” es una novela anómala, desubicada, perteneciente a otro espíritu, a otras enfermedades del alma que nada tienen que ver con la alienación existencial de nuestra contemporaneidad, sino más bien con su apertura sin límites (y los riesgos que conlleva tal apertura) de lo mejor del romanticismo. Las angustias de un Byron, un Shelley o del excelso Keats (por qué no, también de esa Rosalía de Castro que se asombra de negras sombras) ante la mera contemplación de la naturaleza y las extrañas mareas que agita en la conciencia humana son los cimientos con el que Susan Hill erige una pieza maestra del horror contemporáneo (la obra data de 1983) completamente ajena al sentir del hoy, ya no solo en la época que retrata, sino en cómo la retrata y en la temperatura existencial que desprenden sus páginas.
Desconozco aún si habrá acertado o no el interesante cineasta británico James Watkins en su adaptación cinematográfica de “The Woman In Black” (que veremos en las butacas con gran presencia gracias a la popularidad de su protagonista, Daniel Radcliffe), y ni siquiera sé si es concebible alcanzar este tipo de experiencia estética desde el cine (salvo que uno sea un Bergman o un Tarkovski), pero no cabe duda que los potenciales lectores de esta obra recobrada circunstancialmente por su presencia en celuloide deberían ceder a la llamada del texto original. Y sería mejor que lo hicieran antes de descubrirla en fotogramas.
La experiencia, aunque devastadora (lo entenderán al encontrarse con su desenlace), merece mucho la pena.
Angel Sucasas





